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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 853

Rubén dejó escapar un suspiro profundo.

—Dime algo, José... ¿Crees que amar a alguien significa tener que cargar con todo juntos?

José asintió con total convicción.

—Por supuesto. Si de verdad amas a alguien, asumes todo junto a esa persona, en las buenas y en las malas.

Rubén esbozó una sonrisa melancólica.

—Hablas así porque no eres tú quien está en esta situación. Es muy fácil hablar de "compartir las cargas". Pero, imagínate esto: tienes una esposa a la que amas con toda tu alma y, de repente, descubres que vas a morir. ¿Qué sería lo que más te aterraría?

José ni siquiera tuvo que pensarlo.

—Lo que más me aterrorizaría es que mi esposa se derrumbara por mi culpa. Me angustiaría saber si habrá alguien que cuide de ella cuando yo ya no esté.

—Ahí lo tienes —concluyó Rubén—. Si mi muerte terminará destrozándola, entonces lo mejor es que nunca sepa que me estoy muriendo. O, mejor aún, que se entere cuando ya me odie lo suficiente. Tal vez, para entonces, mi muerte sea un gran alivio para ella.

Era un dilema sin una respuesta correcta.

José no intentó rebatirle.

—Me ocuparé de lo que me pidió de inmediato, señor Olmo. Por favor, si se siente mal, llámeme sin perder un segundo.

José salió del hospital y subió al auto. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar la llamada de aquella fatídica noche.

Fue Rubén quien lo había llamado.

Esa noche, José acababa de salir del corporativo del Grupo Olmo. Apenas había llegado a su casa cuando su teléfono sonó.

La voz de Rubén del otro lado de la línea era apenas un hilo frágil.

Le dijo que había salido a toda prisa, que no llevaba sus medicamentos y que lo había empapado una tormenta.

Con solo escuchar el tono de su jefe, José supo que la situación era crítica. Movilizó a su equipo de emergencia para que llevaran los medicamentos al hotel donde Rubén se hospedaba, pero en el fondo ambos sabían que la supervivencia de esa noche estaba en manos del destino.

Por un milagro, los síntomas cedieron antes de que los medicamentos siquiera llegaran.

Pero José no podía darse el lujo de jugar con fuego. Tuvo que reportarle todo a los padres de Rubén.

Y fue por orden directa de ellos que José tomó el primer vuelo desde Clarosol.

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