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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 879

Marisa estaba acurrucada junto a la puerta. Sentía que todo a su alrededor era lúgubre y siniestro; estaba al borde del colapso.

—Pero si te acabo de escuchar salir de la ducha... Te oí. Déjame entrar, por favor...

Rubén volvió a inhalar profundamente.

—Marisa, necesito descansar.

Marisa apretó los dientes. La angustia la estaba dominando y, como era costumbre, las palabras salieron de su boca sin ningún filtro.

—¡Rubén Olmo! ¿Te crees que me divierte molestarte? ¡No tienes ni un gramo de caballerosidad! No te vayas a creer que quiero rogarte por atención, es solo que tengo mucho miedo...

Dio un pisotón de pura frustración.

—¡Me voy a buscar a alguien más!

No había terminado de pronunciar la última sílaba, ni siquiera había alcanzado a darse la vuelta, cuando Rubén abrió la puerta de golpe.

La bata estaba entreabierta, dejando al descubierto unos pectorales firmes y perfectos.

La tela ligera dejaba entrever un ligero tono rosado y, casi sin querer, un atisbo provocador de su masculinidad quedaba expuesto a la vista.

Marisa abrió los ojos de par en par. Los monstruos imaginarios que la aterraban un segundo antes se evaporaron por completo.

De repente, otro tipo de entidad parecía haberse apoderado de ella: el más puro y descarado deseo.

Si no, ¿por qué otra razón estaría mirándole el pecho con semejante intensidad?

No reaccionó hasta que Rubén acomodó la bata para cubrirse, hablando con un tono grave que rozaba la advertencia:

—¿A quién vas a ir a buscar?

Marisa aprovechó la apertura y se escabulló rápidamente dentro de la habitación.

—A nadie. Me quedo aquí contigo.

Dicho eso, se dejó caer pesadamente sobre el sofá.

—Si no te abría la puerta, ¿a quién ibas a buscar?

El agarre de Rubén le dolió. Marisa frunció el ceño con molestia, giró el rostro y lo fulminó con la mirada.

—¿Qué te pasa? ¡Me estás lastimando!

Al recordar cómo había llegado César al hotel, los celos carcomieron a Rubén. Aunque aflojó un poco el agarre, el resentimiento seguía hirviendo en su pecho.

Había pasado horas angustiado, temiendo que Marisa se hubiera arreglado tanto aquella noche solo para ver a César.

—Contesta mi pregunta, Marisa.

Ella intentó empujarlo, molesta de por sí porque la había hecho rogarle para entrar, y para colmo, ahora él le armaba un escándalo sin sentido.

—¿A ti qué te importa a quién vaya a buscar? No es asunto tuyo, ¡suéltame! ¡Si no me quieres aquí, me largo en este instante!

Pero antes de que pudiera intentar levantarse, unos labios fríos y cargados de enojo sellaron los suyos.

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