Esos labios asfixiaron todas las quejas que Marisa estaba a punto de soltar.
Ella abrió los ojos al máximo, clavando su mirada desafiante en Rubén.
Pero la resistencia no duró mucho. Pronto, Rubén la arrastró a un abismo de deseo incontrolable. Poco a poco, Marisa cerró los ojos, dejándose llevar por aquel beso dictatorial y abrumadoramente dulce que era imposible rechazar.
Sus figuras se entrelazaron sobre el sofá. El sudor fino de sus cuerpos se mezcló, desprendiendo un aroma embriagador que saturó la habitación de pura tensión carnal.
Los besos, húmedos, profundos e insistentes, descendieron desde sus labios hacia su cuello. Lo poco que le quedaba de cordura le recordó a Marisa que estaban en una isla tropical, que la ropa que llevarían al día siguiente dejaba los hombros al descubierto y que, si él le dejaba marcas, sería un desastre.
Levantó una mano y la apoyó contra la boca de Rubén, murmurando con voz entrecortada:
—No... ahí no...
Pero Rubén, ciego por el deseo, ignoró cualquier advertencia. Comenzó a devorar su cuello con el ímpetu de un lobo hambriento.
Voraz, insaciable.
No se detuvieron hasta que dieron las dos o tres de la madrugada.
Marisa estaba agotada hasta los huesos. Entre sueños, sintió cómo Rubén la levantaba en brazos para llevarla al baño.
Con los brazos delgados rodeando su cuello, soltó un suspiro perezoso cerca de su oído y susurró:
—¿No decías que ya no podías cargarme? ¿Cómo es que ahora sí puedes?
El tono de Marisa llevaba ese toque de reproche encantador, como el de una novia mimada que reclama atención.
Rubén se quedó paralizado un instante, pero pronto una sonrisa cargada de adoración asomó en sus labios.
—Eres ligera como una pluma. Si no pudiera ni cargarte, estaría acabado.
Marisa, con los ojos cerrados y la mente divagando entre el sueño y la vigilia, le siguió el juego:
—Entonces, ¿qué fue lo que te pasó hace rato?
En el cuarto de baño.
Rubén sumergió a Marisa en la bañera, cuya temperatura era simplemente perfecta.
Sin poder evitarlo, levantó la mano y delineó con suavidad la punta de su nariz. Su piel era tan fina, tan radiante como la seda.
—Esa —murmuró él— es la única cosa que no puedes saber.
Marisa tragó saliva. Lo último que podía permitir era que Sabrina descubriera que había pasado la noche con Rubén.
Forzó una sonrisa y se inventó la primera excusa que le vino a la mente.
—Sí, me quedé abajo. Rubén durmió arriba.
Para su sorpresa, Sabrina soltó una carcajada irónica.
—Pues claro que Rubén durmió en su cuarto. Ni que fueras a dormir con él, ¿verdad?
Un fugaz destello de culpa cruzó por los ojos de Marisa, pero Sabrina no lo notó.
Señaló hacia el interior de la habitación.
—Me doy una ducha rápida y voy.
Sabrina hizo amago de entrar tras ella, lista para desahogarse sobre la patética excusa del acuerdo de libertad de Claudio. Pero apenas dio un paso, Marisa bloqueó la puerta.
—Este... hay demasiados invitados esperando. No deberías estar aquí perdiendo el tiempo. Adelántate tú, yo me arreglo y te alcanzo.
Antes de que Sabrina tuviera tiempo de sospechar algo, su celular sonó. Era Claudio apresurándola, así que no tuvo más opción que tragarse sus quejas para otro momento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...