La respuesta de Ricardo tardó menos de cinco minutos en llegar.
Fue un mensaje de texto, una sola línea de texto sin formato.
Una dirección.
Hotel Umbral. Suite Presidencial.
No estaba a su nombre. Ni al de ella. El registro estaba a nombre de una de las corporaciones fantasma de Grupo Estevez.
Neutral. Anónimo. Seguro.
Alejandra guardó la carpeta en una bolsa de lona y salió del taller.
El viaje a la Condesa fue un borrón de luces y tráfico. Su mente no estaba en el camino.
Estaba en la guerra que estaba a punto de desatar.
Llegó primero, tal como lo había planeado.
La suite no era opulenta como el penthouse. Era un espacio de lujo discreto, decorado en tonos de gris y maderas oscuras.
Impersonal. Un campo de batalla perfecto.
No se sentó a esperar.
Caminó hasta la mesa de centro de mármol negro y colocó la carpeta de manila en el centro.
El sobre amarillento contra la piedra oscura parecía un artefacto antiguo, un objeto fuera de lugar en ese mundo moderno.
Luego, se sentó en el sofá de terciopelo gris, dándole la espalda a la ventana.
Esperó en silencio.
Diez minutos después, escuchó el sonido suave del ascensor privado llegando al piso.
La puerta de la suite se abrió.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...