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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 470

—Hoy vine con la intención de hablar con calma —dijo Sofía, con voz firme—. Pero antes de dejarme decir una sola palabra, ya me estaban señalando, gritándome, mirándome con desprecio. No sé si es maldad o si en serio crees que me estás "enseñando" a respetar, pero tú misma sabes la respuesta, Esperanza. Si me equivoco, puedo admitirlo, pero no me trates como si fuera una idiota.

Cuando alzó la voz un poco, todos los demás quedaron completamente callados.

—Con tantos familiares y amigos presentes —continuó—, ¿te imaginas lo que pensarían si supieran cómo son los Villareal en privado? Si vieran la mezquindad que esconden detrás de las apariencias. ¡Ustedes son los que han manchado el nombre de esta familia!

Sofía volteó hacia Esperanza, con una actitud escalofriantemente seria.

—Así que no necesito que nadie me enseñe a comportarme. Lo único que pasó fue que dejé de fingir, dejé de hacerme la tonta y de complacerlos. ¿Entendiste?

Sus palabras resonaron, claras y firmes, como un portazo.

No había ni rastro de miedo en su cara.

Esperanza se puso pálida, se tambaleó, y una de las parientes que estaban a su lado tuvo que sostenerla.

Lo que dijo Sofía no solo la dejó en ridículo. También tiró abajo la imagen que había construido de sí misma.

Diego era su hijo, criado bajo su sombra, y verlo tan distante, tan ajeno a ella... ¿ese era el precio de sus propias acciones? ¿Su castigo?

Isabella quedó petrificada.

Jamás habría tenido el valor de plantarse así ante toda la familia. Ella solo atacaba cuando tenía ventaja o cuando nadie la veía. Frente a alguien más fuerte, se desmoronaba.

Diego, en cambio, ya no razonaba.

Todo el día estuvo inquieto, pero cuando Sofía llegó, se calmó.

Creyó, ingenuamente, que era una señal, que ella había cedido, que iba a volver con él, que podían reconciliarse.

Pero estaba equivocado.

Terriblemente equivocado.

Sofía no fue a reconciliarse.

Fue a cerrar el capítulo.

A separarse de él frente a todos.

Si lo hubiera sabido, jamás la habría llamado ni la habría presionado para que llegara.

Se puso pálido.

Los ojos le ardían de rabia.

Sintió que Sofía lo había engañado por completo. Su supuesta docilidad, su tono tranquilo, todo fue una puesta en escena.

Esperó justo ese momento, con toda la familia reunida, para dejarlo expuesto y romper cualquier lazo entre ellos.

Diego nunca quiso hablar del divorcio.

Lo avergonzaba.

Y peor aún, no soportaba que los demás supieran que fue Sofía quien lo dejó.

Por eso se convenció de que podían reconciliarse en secreto.

Así nadie se enteraría, y no tendría que aguantar burlas ni el juicio de su familia.

Esa tensión primitiva hizo que hasta los más fuertes y valientes se hicieran para atrás.

Entonces, una voz grave y potente tronó con autoridad desde el fondo del salón.

—¡Nadie se mueve! ¡No más peleas!

Era Eduardo.

Diego alcanzó a voltear hacia él, pero antes de hacer algo, el mayordomo Jacob ya había dado una orden, y los guardias llegaron a sujetarlo de los brazos.

La rabia y la vergüenza lo devoraban.

Respiraba agitado, mirando fijamente a Sofía.

Ni en sus peores pesadillas imaginó algo así.

Quedó como un bufón ante toda su familia.

Y lo peor era esa sensación de haber sido tomado por tonto.

Todos los esfuerzos por "recuperarla", todos sus intentos de mostrarse paciente... para que ella lo tumbara con un solo discurso.

Sentía el odio hasta en la garganta.

Casi sin voz, gritó:

—¡No digas ni una palabra más!

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