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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 509

La foto era completamente real.

—¡Sofía! —la voz de Diego se quebró.

La seriedad fingida en su mirada se vino abajo súbitamente. El impacto fue tan fuerte que por un momento todo se le puso negro; levantó la mano sin control, listo para pegarle.

Sofía cerró los ojos y apretó los dientes.

De repente, escuchó un estruendo.

El puño de Diego se estrelló contra el tablero del carro y el vehículo retumbó. La furia que le salía por todo el cuerpo era tanta que hasta el chofer se asustó; casi pisa el freno con fuerza.

Aun así, el carro dio un pequeño bandazo.

El silencio que vino después fue insoportable.

La cara de Sofía palideció; el miedo la recorrió, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¿Ya estás satisfecho? —preguntó con la voz temblorosa.

Diego perdió la cordura. La sensación de traición lo invadía y lo deshacía por dentro. ¿Cómo pudo haberlo hecho? ¿Cómo?

Hasta entonces nunca entendió por qué algunos gritaban o rompían cosas cuando perdían el control. Le parecían patéticos, como perros empapados, miserables y ridículos.

Pero ahora... Ahora entendía.

El dolor le sacaba el aire, lo carcomía por dentro, lo hacía querer gritar hasta que no pudiera más.

"¡No!", agonizaba en su cabeza. "Sofía, no puedes hacerme esto".

Se le enrojecieron los ojos mientras contenía lágrimas que no quería dejar salir. No podía hablar; lo que tenía en la garganta era puro dolor.

La mujer que alguna vez lo amó, ¿sabía cuánto le dolía ahora? ¿Sabía lo que le estaba haciendo?

¿Dónde estaba la Sofía que solía consolarlo, la que lo cuidaba cuando se enojaba? ¿Por qué ya no existía? ¿Por qué podía ser tan cruel?

"Deberías escucharme, Sofía", pensaba, fuera de sí. "Deberías preocuparte por mí, pensar en mí, acompañarme. ¡No estar con él!"

La imagen de ambos en el supermercado se le grababa en el cerebro como cuando a una vaca la marcan con hierro al rojo vivo.

¿Ella, con ese hombre? ¿La mujer que lo amó, que compartió su casa, su cama, su vida?

No, no podía soportarlo. Lo abandonó.

El recepcionista asintió un poco, pero antes de marcar, dos guardaespaldas entraron de golpe al vestíbulo. Lo obligaron a callar con una sola mirada.

El corazón de Sofía dio un vuelco. Diego tenía hombres ahí.

Él siguió sin decir nada. Ella, en cambio, alcanzó a mirar el teléfono: seguía sin señal por el bloqueador.

No podía hacer nada más que esperar.

De la nada, Diego se detuvo y volteó hacia ella con los ojos inyectados en sangre.

—¿Te acostaste con Alejandro? —dijo con desprecio.

Sofía lo miró, muda.

—¡Habla! —gritó entre dientes.

Solo imaginarlo lo hacía hervir por dentro.

—¡Dímelo, maldita sea! ¿Se acostaron o no?

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