La pelirroja se colocó el abrigo oscuro de nuevo al atravesar la puerta con el nombre del especialista que la atendió, Horus no se le separaba y con Rangda a su lado supo la razón del por qué la veían tanto. Nadie era tan tonto para acercarse con un rottweiler que presumía su tamaño paseándose a su lado, sabiendo el temor que infundía. Y por si fuera poco, una serpiente que se mantenía erguida cuando alguien se sentaba a su lado.
Marek y Beagle eran los únicos que podían quedarse a su lado sin sentir que en cualquier momento uno de los dos iba a atacar.
—Mi jefe quiere saber si ya terminó la reunión con el directivo—, mencionó Beagle confundido porque el lugar no era ninguna academia, ni se había reunido con nadie—. Dijo que iría a Aegis, que si iba hacia allá también, se encontrarían.
—Tú jefe es un obstinado—, acomodó las solapas del blazer—. Tiene diez días fuera del hospital y ya quiere regresar a trabajar. Debería imponer un bloqueo a sus accesos.
—No le puedo decir eso—, Beagle aclaró su garganta.
—Deberías, porque tienta mucho a su suerte—, el Demon mantuvo su silencio. Si le llegaba a hablar de esa manera, aparecería sin cabeza seguramente.
—¿Le digo que ya salimos de la…?
—En lo que a tí, a Marek y mí respecta, estuvimos en una reunión con los directivos de la academia para negociar mi permanencia—, los dos sujetos se vieron entre sí—. No es mentira. No quieren rescindir del contrato y le sacaré provecho. Con eso es suficiente para que den argumentos si alguien lo pone en duda.
—No creo que…
—No creas entonces, Marek—, el Demon cerró la boca—. O te olvidas de tu regalo de cumpleaños el próximo jueves.
—Ni siquiera estoy pidiendo nada.
—Es un traje completo de la última colección G-drak—, mencionó dejándolo en silencio.
—Eso es soborno—murmuró Beagle presionando el botón del elevador.
—Son negocios—, determinó mirando al segundo sujeto.
—Yo no estoy diciendo nada—, levantó la mano, mientras Harper abría su bolso—, es más, de una vez aclaro que no recibo regalos, ni dinero. Si el jefe pregunta, estoy obligado a…
La pelirroja alzó la mano con una tarjeta de libre acceso a la academia. Con ella no habría puerta que lo detuviera, y podría ver a la balletmaster infantil que alguna vez conoció en ese sitio.
—Bien, pero él se vendió por mucho menos—, la tomó para guardarla en su bolsillo, ganando que su compañero lo viera como si fuera un completo tonto.
Para Marek, Beagle solo era un orangután que no entendía lo difícil que era conseguir una sola pieza de esa colección. Hasta consideró la propuesta de hacerse pasar por la pareja de un tipo gay solo para entrar a esa pasarela. Y eso ya decía bastante sobre el precio que estaba dispuesto a pagar por una pieza. No cualquiera ponía en duda su heterosexualidad de esa manera.
Los tres sellaron el acuerdo con una mirada. Harper no se iba sin obtener lo que quería de ningún sitio y aunque los Demons fueran propiedad absoluta de su marido, ella también podía tener tratos confidenciales con ellos.
Volvieron a la propiedad con la que ya estaba más familiarizada, y le agradó ver a Scar buscarla casi de inmediato, rozándole la cabeza contra las piernas.
—¿Te portaste bien? —murmuró, agachándose un poco.
El tigre se dejó acariciar detrás de las orejas, aunque no tardó en soltar un gruñido bajo al sentir al rottweiler saltar sobre él, insistente en jugar como si ignorara el tamaño del felino. Harper sonrió al ver la escena; Scar apenas levantó la pata, advirtiéndolo sin lastimarlo.
—Lleva a Rangda a mi oficina— demandó hacia Marek, para luego girar hacia Beagle—. Tú haz lo que quieras, pero no le quites los ojos de encima a Horus.
—¿No debería preocuparse más por el tigre?
Harper le lanzó una mirada que rozaba la indignación. Con ello le hizo entender el mensaje y se alejó en busca de su esposo.
El ruido de fondo dejaba claro que las operaciones en Aegis jamás se detenían. Menos ahora, con la recuperación de cada pieza perdida en los helicópteros dañados. Debían ser reparados, y al parecer, eso no era un problema.
Escuchó el motor de una motocicleta y supo quién estaba entreteniendo a todos en esa planta. Al parecer todos se fascinaban con poner en riesgo su vida en una de esas.
Volvió la mirada hacia arriba dentro del elevador con puertas de vidrio, llegando al nivel que buscaba. Todos se fijaron en la figura de una de las tres personalidades con mayor rango en ese sitio, caminando en tacones de aguja, sin perder ni un ápice de firmeza.
El cuero negro de su falda abajo de las rodillas abrazaba sus piernas como una extensión natural de su seguridad, y el abrigo dejaba a la vista la silueta de una mujer que no necesitaba levantar la voz para que todos obedecieran.
—El Consejo la espera—, indicó Hermes con el traje perfectamente equilibrado entre lo formal y táctico. Como si estuviera preparado para presidir una reunión y derribar a un oponente.
—¿Mi esposo?— inquirió.
—Con su primo en una prueba que realiza el señor Vladimir—, señaló. Eso decía claramente que no necesitaba interrupción, por lo que optó por ir con Berfield y el abogado Burton. Aunque en esa ocasión un invitado nuevo parecía estar al tanto de lo que ahí se hablaría.
Lo reconoció, el empresario que muchas veces daba de qué hablar.
—Supongo que es usted de quien tanto hablan por estos lados—, el hombre de traje pulcro y a la medida extendió la mano hacia ella—. Maximiliano Turner.
—Harper Visconde de Crown—, Isla le ayudó con el abrigo cuando ella se encaminó a su lugar. —Dijeron que una vez fue parte de este consejo.
—Provisionalmente—, contestó el tipo sentándose con reflejos precisos y un rostro que no revelaba nada, pero insinuaba mucho de su dominio sobre lo que ahí se trataba. —Fui convocado cuando ciertos sectores necesitaban equilibrio —continuó Maximiliano mientras cruzaba una pierna sobre la otra.
—¿Y qué hace de vuelta? —preguntó Harper, recibiendo una carpeta amarilla.
—La misma razón por la que usted está aquí, supongo —respondió él, acomodándose el pañuelo en el bolsillo del saco—. Porque las cosas están a punto de cambiar, y a nadie le gusta quedarse fuera de la mesa cuando eso pasa.
Berfield soltó una exhalación, como si supiera más de lo que decía.
—Turner siempre fue oportuno —comentó el abogado Burton—. Y, por lo visto, también sigue teniendo buen olfato.
—Eso jamás se pierde, Berfield— contestó mirando a Harper elevar la ceja al ver lo que ahí había. —¿Me entiende ahora, señora Crown?
—Perfectamente—, contestó al ver la cantidad de personas desaparecidas, que luego aparecían con marcas de haber estado en peleas clandestinas. —¿Lo saben los rusos?
—No, no me interesa vender mi alma al diablo, pero estoy al tanto de que las suyas no están precisamente limpias—, Harper paseó la vista entre una y otra, para luego quedarse con una sola. Eran como los tipos de los que Krysia y Helena aseguraban haber visto.
Escuchó lo que los testigos que sobrevivieron al verlos cara a cara mencionaban. Eso, en Manhattan no les convenía si querían seguir manteniendo bajo perfil. Pero Berfield tenía razón al decir que eso no se podría mantener oculto por mucho más tiempo. Los patrones se repetían, las cicatrices en los cuerpos, los símbolos tallados, los registros alterados.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe.