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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 256

—Olvidé preguntarte si te gusta el maracuyá, pero si no, puedo hacerte uno diferente — Keyla mostraba la bandeja con el mini queque. Harper sintió su saliva volverse más liviana—. ¿O tal vez eres alérgica? Debí haber preguntado.

—No soy alérgica— contestó la pelirroja tomando un poco con una pequeña cuchara. Keyla simplemente la observó, cerrando los ojos al probar el postre que se había tomado el tiempo para prepararle. —Está exquisito.

Decir solo eso era cometer blasfemia, pero Harper estaba ocupada devorándolo. Y las palabras no hacían falta para hacerle saber a su suegra que le había encantado. Mateo solo veía el abdomen que comenzaba a notarse y con cada visita de su madre se convencía de que ellos estaban aún más ansiosos de conocer lo que había en el vientre de su mujer.

Joseph solía repetirlo en cada reunión en la que hubiera alguien que no lo supiera y su madre se encargaba de preparar todo lo que Harper siquiera mencionara o viera por más de dos segundos.

Harper no solía rendirse al afecto ajeno, menos al que venía disfrazado de atención doméstica de alguien diferente a quién evitaba para preservarse enfocada en su vida, pero cada postre de Keyla tocaba algo nuevo. La hacía sonreír con fuerza. Como si ese sabor dulce suavizara el filo de los nervios que tenía desde que supo que alguien crecía dentro suyo. Cada día que pasaba sin complicaciones la desarmaba un poco más, y con ello, obligaba a retroceder a sus miedos.

Quería sentir algo de vergüenza por perder los modales en la mesa, pero ese sabor… ese sabor agridulce le robaba cualquier gramo de humillación que alguna vez creyó estar haciéndose a sí misma.

La atención centrada en algo que era suyo era nueva. Nunca la había sentido así. Pero la imagen de Keyla llorando al enterarse del embarazo la tenía clavada en el pecho. Desde entonces, hacía cuatro semanas, la mujer aparecía con la misma constancia semana a semana, ya fuese para ver sus ensayos con Grettel o acompañarla a la salida de esa casa.

Había vuelto al teatro, aceptando un contrato entre todos los que durante meses, con tanto caos, hizo a un lado.

Lo pensó demasiado antes de hacerlo. Consultó con su obstetra, habló de caídas, de equilibrios, de posturas, de riesgo con él. Hizo listas mentales de todo lo que podía salir mal. Pero luego, Milkar al revelarse que era el bailarín elegido, la abrazó, le besó las mejillas al saber la noticia y prometió que no cometería un solo error.

—¿Llevas los protectores de dedos? —preguntó Keyla mientras veía una pequeña bolsa de tela con compartimentos—. Y las zapatillas de punta nuevas... La última vez dijiste que las que usaste te lastimaban.

Harper asintió con una sonrisa, mientras Mateo escuchaba en silencio, esperando por la pelirroja.

—¿El vendaje? ¿Y las nueces con arándanos que te dejé en el termo? —siguió enumerando, sin darle espacio a responder—. Ah, y la crema para después, la que no te irrita.

—Sí, Keyla —respondió Harper riendo, sabiendo que no servía de nada cortarla. La mujer solo se calmaba cuando lo confirmaba todo dos veces. —Todo está —aseguró la pelirroja—. Solo falta que me preguntes si llevo el corazón en su sitio.

—Los dos, cariño —, murmuró Keyla, guiñándole un ojo y pasándole la última bolsa. —¿Cuándo es la obra? No había fecha fija en el último ensayo.

—Es el 21 del mes entrante —contestó Harper, entregando la bolsa a Beagle—. Si dejamos pasar más tiempo, con el embarazo no podré hacer el papel de la doncella que muere trágicamente en la nieve sin parecer que murió por retención de líquidos.

Keyla reprimió la risa, aunque sus ojos se achicaron por el esfuerzo.

—Nada de eso —le acarició el brazo—. Vas a estar perfecta. Ya ensayas con esa delicadeza instintiva de madre que no sabía que tenías.

Harper bajó la mirada un segundo, como si esa frase le hubiera tocado alguna fibra aún no explorada.

—Lo intento —sin buscarlo, sus manos tocaron su vientre, el cual hacía que el vestido se viera más adherido a la piel que nunca.

—Y lo logras, bonita —afirmó Keyla, dándole un beso en la mejilla.

Mateo asintió hacia su madre, quien le tocó el hombro para dejarlo ir junto a la pelirroja.

—¿Pasaron las náuseas?

—Es extraño este estado— murmuró la inglesa—. No me preguntes cosas que aún no comprendo como pueden ser posibles.

—Lo noté cuando comiste de esa forma a los dos minutos después de decir que no soportabas el aroma a nada dulce—, le recordó viéndola abrir la ventana de la camioneta.

—No digas nada que estoy pensando en el vestuario— Harper acarició su vientre—. Subí una talla. A este paso no me quedará el vestido que calculamos.

—¿Te preocupa eso y no girar en el piso sobre tus puntas?— indagó con los ojos fijos en sus manos y lo que rozaban.

—Tal vez porque sé que puedo acoplarlo para eliminar cualquier riesgo— se excusó—, en cambio el vestuario no va a extenderse las tallas que suba hasta el día que lo use—. Se giró hacia él con movimientos coordinados—. ¿Cuándo regresa Luisa de su pasarela en Praga?

—En diez días, la modelo con la que firmó hace un año debe regresar por una cláusula del contrato y debe respetarlo por ser quien es— mencionó para que no volviera a preguntar si estaba seguro. —No pienses en cosas que se van a solucionar más rápido que encontrar el tipo exacto de zapatillas que querías.

Harper rió al recordar que tuvo que posponer el ensamblaje que tenía planeado en Aegis al encontrarse con algunos “no” al buscar esas piezas de edición limitada. Pero al ver su decaimiento lo tomó como si se tratara de su reacción por no tenerlas, en lugar de un nivel de nostalgia al ver una película infantil con la pequeña melliza de Anthony. Estar en gestación le había aflorado todas las emociones y aún una película la hacía verse como él la vio esa noche.

Pero le gustaba eso. No pretendía deshacerse de la atención que este le ofrecía, desde casos extremos a cosas mínimas, como si quisiera hacer valer cada palabra de aquella noche.

—Marek me estará informando cualquier eventualidad— el auto se detuvo y la mano de su marido no tardó en estar sobre su nuca para besarla—. No me hagas volver.

Ese tinte de preocupación en su mirada dejaba claro que no le gustaba no tener los ojos sobre ella todo el tiempo. Pero cada uno tenía sitios distintos y horarios separados. Harper había aprendido a lidiar con ello y esperaba que él lo hiciera pronto. Aunque eso estaba lejos de verse como una realidad.

La dejó bajar junto al guardián que se devolvió por una revista, haciendo que su jefe lo viera con un gesto indiferente ante lo que él llamaba entretenimiento.

En cuanto pisó el extenso salón de ensayos, Fannie esperaba por ella, señalando que Milkar ya se encontraba calentando. Harper suspiró, dándole inicio a su rutina, con ambas yendo directo a la obra en la cual seguían el papel que a cada uno se le había asignado. Ninguno de los que veían al par de amigas creerían el infierno que cada uno había pasado.

Nadie podía creer algo como eso viéndolas girar, ofreciendo arabescos que se elevaban a una precisión casi hipnótica. Días de entrenamiento amoldado al esfuerzo que Harper podría hacer.

Sus días se movían entorno a eso. Por la mañana despertaba con su esposo haciendo cargo de su cuerpo necesitado de sus caricias, placer que no media espacios ni tiempo hasta que ella sentía sus piernas casi fallarle.

El desayuno lo tomaba en las piernas de su esposo y de nuevo al dormitorio para tomarse medidas que iba anotando. Le gustaba esa nueva curva en su cuerpo que su marido parecía ver mucho mejor que ella.

Los vestidos le comenzaron a quedar pequeños, pero en una salida con la rubia prometida de su amigo no dudó en pasar las tarjetas propias o extensiones de su marido por cualquier datáfono que creyera conveniente.

Mateo apagó el teléfono para dejar de ver las notificaciones de compras, encargándose de su nueva creación. Un arma con esa extensión no era para nada fácil de montar y el exceso de compras no le interesaba.

Por las noches iba por su mujer y verla desde un lugar más cercano era incluso más hipnótico que hacerlo desde lejos. Cada vez que ella comunicaba emociones por medio de los gestos en la obra, era dopamina que hacía falta durante todo el día. Su abdomen se notaba y eso solo volvía la obra mucho más intensa para él.

Días en los que no podía verla, evitaba a toda costa quedarse sin el celular y al volver siempre la encontraba con el tigre, el rottweiler o la serpiente que parecía adormecerse cada vez que ella llegaba a tocarla.

Eso fue algo nuevo que lo hizo verla con mayor interés como si hacerlo no fuera suficiente. Sabía que estaba segura, pero la sensación de que algo faltaba siempre existía.

En cambio, Harper distribuía su tiempo con ayuda de Abbie, la asistente que no preguntaba cosas de las que podía encontrar la respuesta sin interrumpir a su jefa.

Y ahora que debía lidiar con entrevistas, las movió para el día de la presentación, dejando que Harper se deleitara con lo que tenía a sus ojos soltando una luz tan brillante como lo era su vida en ese momento.

Ella imaginó cientos de veces su futuro; algunas veces trágico, otras donde vagaba libre por el mundo, asistiendo a obras de ballet para ver a bailarinas cumplir su sueño, mientras para ella, seguiría siendo eso. Pero libre al fin.

Sin embargo al ver la edificación de frente, con detalles que pulían las decenas de trabajadores, se dio cuenta de que jamás consideró siquiera esa posibilidad. Cuando lo inició, el arquitecto le dijo que serían más de dos años en construcción. Con el capital que contaba, no podía esperar a acelerar las obras, pero en cuanto su marido hizo que tres arquitectos más y el triple de empleados se sumaran a la obra, ese tiempo se redujo a meses.

Aún quedaban algunas semanas, pero, definitivamente su nombre pasaría a la historia con esa academia de baile. Al principio se dijo que sería solo ballet, pero al recorrerlo; tantos salones, tantas plantas, tantos detalles cuidadosamente distribuidos, entendió que no sería solamente eso. Aquella edificación era un templo para el arte del movimiento. Ballet, sí, pero también danza contemporánea, flamenco, incluso artes escénicas.

La idea de Isla de ir convocando a expertos y realizando las entrevistas desde ya, para elegir entre ellos a los mejores sonaba cada vez mejor. Porque eso quería, que se hablara de esa academia como la mejor del estado, del país…del continente si era posible.

Harper no solo estaba construyendo una academia. Estaba edificando un legado. El suyo.

Las paredes aún sin pintar del todo, el eco de los pasos sobre el mármol recién instalado y el murmullo de los obreros hablando entre ellos componían una sinfonía en su mente que por poco le arranca las lágrimas.

Cuando inició el proyecto, lo hizo como una promesa a sí misma de dejar algo para ser recordada. Un espacio que daría lugar a quienes, como ella, habían tenido talento pero no todas las oportunidades. Su esposo, sin saberlo del todo, la había impulsado más allá de lo que creía posible.

¿Por qué debía hacer que su nombre tuviera relevancia después de muerta? ¿Por qué no ahora?

Ella podía hacerlo.

Y al ver desde la entrada principal ese pasillo de columnas blancas que llevaban al teatro central, no sintió sólo orgullo. Sintió que la responsabilidad ahora era mayor. Porque ahora sabía que no solo bailaría ella... ahora podría ver los pasos de otras decenas de cuerpos que pasarían por allí.

Estaba naciendo algo más que un edificio. Estaba naciendo su verdadero sueño.

—Como puede ver, en estos meses hemos avanzado más de lo que el cronograma original preveía. Un 82% del proyecto ya está listo —dijo el arquitecto mientras caminaba a su lado, con los planos en mano y el casco aún puesto—. Su esposo fue claro en que no solo se trataba de construir rápido, sino con excelencia. Así que los materiales fueron seleccionados con rigurosidad, y cada detalle estructural ha sido revisado hasta tres veces.

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