Los privilegios en Aegis o el clan mismo también se ganaban y todo lo que tenía a su disposición lo podía perder, si en lugar de usar la cabeza en ese sitio, iba solo a abrirle las piernas a su marido.
Pero ni siquiera había ido a eso. Lo buscó en la mañana para un tema que aún no sabía cómo expresar...no lo podía ni siquiera pensar sin sentir ese agujero en el estómago.
Luego para decirle sobre lo que quería...y ni un tema ni otro pudo manejar al tenerlo así de ansioso por ella. Como si supiera que lo necesitaba más que nunca. Pero eso no justificaba que su accionar pudiera tomarse como falta de compromiso a su cargo. Porque no era así.
Aunque, lo que para ella era una preocupación, para Mateo no era más que algo insignificante. Y lo hacía saber al caminar con Harper de la mano fuera de su oficina. Con ese andar despreocupado, solo limitado por la tensión en su costado, dejaba claro que lo que hiciera su mujer no debía importarles, ni tenían por qué interesarse en averiguarlo.
Podría ser respetada por tener el cargo que poseía en ese sitio, pero el temor era por tener el esposo que se cargaba a cualquiera que siquiera le diera una mala mirada.
Todos se apartaban al verlos, pues, después del líder, ellos se posicionaron como una pareja que nadie quería poner a prueba hasta dónde llegaban sus alcances. Nadie osaba mantener la vista más de un segundo.
Mateo era el tipo de hombre que no necesitaba títulos para imponerse, porque incluso el que se sentía valiente bajaba la mirada cuando él fijaba los ojos. Podía no ser el líder, pero se había ganado un lugar alto. El que ni los cargos más altos se atrevían a contradecir.
Y ella no se quedaba atrás. No era un accesorio, era la estrategia que resaltó en un mundo que la quiso aplastar. Porque entendió que su esposo, además de crear armas letales, era una de ellas. Y la usaba. Cada carga, cada impulso brutal, estaba a su disposición si alguien siquiera pensaba en dañarla. Harper no pedía respeto. No le debía nada a nadie más que a sí misma y eso era ponerse en el lugar que le correspondía. En lo más alto.
Su trabajo era usar justamente esa mente fría y no dudaba en hacerlo. Su esposo la escuchó y aunque no era del tipo de hombres que pensaran en buscar la aprobación de nadie, sabía que si Harper jugaba esa carta, no era en vano.
Un día más pasó con ella dentro de una oficina. Su oficina. Después de su trabajo al fin se vieron en su casa, y el tiempo lejos cobró factura entre los roces que acabaron con ella usando solamente una remera de su esposo, mientras él tenía un pantalón gris.
Harper se dirigió al baño con su bolso, en lo que él buscó su teléfono para ocupar esos minutos en algo productivo.
Hizo una llamada para indicar que necesitaría de los “exploradores”, pues si quería elevar el nivel de lo anterior, requería materiales que no encontraría fácilmente. Colgó en cuanto sintió a Harper volver a acomodarse sobre él. Podía ver su decaimiento y al notar la invitación y dos sobres en blanco que sostenía en la mano, supo el motivo. Últimamente Harper buscaba su contacto más que de costumbre. Y él no se negaba, pues había aprendido a conocerla, aún lo que ella podía no saber.
—Mañana es el bautizo de Zivan—, soltó como si fuera un recordatorio que Mateo debía escuchar, mientras él la dejaba ubicarse mejor en su pecho. —Es el primer evento de la familia al que Winifred no irá.
Mateo desvió apenas la mirada del teléfono que acababa de usar. Bajó lentamente el dispositivo y lo dejó sobre la mesa.
Harper no se movió. Seguía abrazada a él, con el rostro semioculto contra su torso, como si ese tema le calara más hondo de lo que quería admitir.
Con ella nunca se debía creer que se escucharía lo que comúnmente en otras. Por eso, dejaba que ella expresara las cosas luego de asimilarlas.
Cerró los ojos un instante, como si la punzada de verdad se le hubiese clavado entre las costillas.
—Quiero ir —murmuró—, pero no quiero ir sola.
Mateo bajó la vista hacia ella y deslizó la mano por su espalda, sin decir nada durante varios segundos.
—No planeaba dejar que lo hicieras.
La tensión en sus hombros se deshizo enseguida.
Ella apretó los dedos contra su camisa. Y por un segundo, Mateo se recordó que no había arma más peligrosa que la vulnerabilidad de Harper.
Incluso para sí misma. Porque en sus ojos podía ver su miedo. Y allí no lo quería.
Tenía el gesto sereno, pero en sus brazos aún parecía acunar algo invisible. Algo que no quería soltar.
—Me duele que lo hiciera—, musitó para él—. Me quema el pecho recordar que me creí todo. Mientras yo quería que nadie la lastimara, ella entregaba a Fannie y a Franzua— el sabor era amargo—, envenenaba a Noelle y posiblemente les avisó cuando nació Zivan.
Mateo la observó en silencio, sin decirle nada. No porque no quisiera, sino porque entendía que había una línea entre consolar y profanar la quietud sagrada de su dolor.
—Me vi ingenua.
Sintió una lágrima mojando su camisa. Una lágrima de su mujer, la cual deseaba arrancarle a la culpable.
—Porque yo sí la amaba de verdad—, tragó el nudo que no la dejaba respirar. —¿Crees que fui tan tonta para eso?
—No lo creo, Sultana Escarlata —contestó alzándole el rostro con suavidad—. Lo que creo es que fuiste demasiado leal… para gente que jamás lo mereció.
Mateo la observó un momento más, y supo que esa imagen lo iba a perseguir. No por debilidad… sino porque el mundo entero podía sangrar, podía arder y no sentir nada. Pero si ella lloraba…entonces algo dentro de él temblaba como lo hacía en ese momento.
—¿Está mal que desee tener algo que sí sea real?—, ella miró sus ojos—. Algo que sepa que no va a amarme porque le conviene, sino porque lo quiere hacer.
Él solo la observó como si la presión en el pecho la pudiera desaparecer de esa manera. La respuesta la tenía en la punta de la lengua, pero calló. Su miedo debía dejarla y sabía que ella lo haría a su manera.
—Porque quiero tenerlo y sé que suena absurdo—, su nariz roja brilló más con la sonrisa forzada—. He de verme patética, pero quiero tener todo lo que quiera. Quiero, por un momento, ser solo la mujer que no verá más traiciones y sólo se dedica a pedir todo lo que desee, aunque sea tonto…porque, nunca he pedido algo así.
Mateo bajó la mirada un segundo, como si aquello lo desarmara de verdad. Como si esa súplica sin orgullo, esa confesión casi infantil, fuese la única daga capaz de herirlo.

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