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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 251

La mujer con tez pálida y delgadez más pronunciada entendió que no era momento para hacer preguntas.

—Entonces eres humana —susurró Noelle, sin juicio, sin recriminación—. Porque eso hacen los humanos. Aman a quienes les rompen el alma y los extrañan incluso cuando deberían olvidarlos, como supongo que crees que deberías hacer.

Harper cerró los ojos con fuerza. Como si al hacerlo pudiera detener el temblor que le subía por la garganta. Como si pudiera proteger, por fin, ese último rincón que nadie más debía tocar.

—¿Y si no quiero ser humana? —preguntó en voz baja—. ¿Y si quiero ser como Valente? Que no siente. Que no…

—Valente siente, niña —la interrumpió Noelle con una voz grave—. Solo que nadie le enseñó qué hacer con eso.

Harper abrió los ojos.

—Y tú sí me enseñaste —murmuró.

Noelle asintió en silencio.

—Tal vez no todo lo que debía. Pero lo intenté.

Hubo un silencio que no fue incómodo. Fue necesario para que Harper absorbiera sus palabras.

—No tienes que odiarla, no tienes que amarla, solo entender lo que de verdad sientes que es necesario para que esa herida no esté afectando tu vida—, Noelle le elevó la mirada—. Lo bueno de cuando algo se destruye es que tú decides si tirar los escombros o crear algo nuevo con ello.

Harper tragó saliva, bajó la mirada y se quedó observando su propio vendaje, la delicadeza con la que lo habían envuelto, como si aún quedara algo en ella que mereciera ser tratado con cuidado.

—¿Y si no sé qué construir con eso? —preguntó, sin ironía, sin rabia, solo con una vulnerabilidad limpia—. ¿Y si no soy capaz de crear nada que no sea otra versión rota de mí?

—Entonces quédate quieta —respondió Noelle, con una ternura sin dramatismo—. No construyas nada todavía. Solo quédate contigo. Escucha ese silencio. No lo corras. No trates de llenarlo. Solo... quédate. Y el día que estés lista, incluso sin darte cuenta, empezarás a juntar los pedazos que sí valen la pena.

Harper respiró hondo. Lo hizo sin que le doliera el pecho esta vez.

—No le temas a tus decisiones, jamás lo has hecho y ahora tampoco deben pesarte—, añadió su madre—. Nadie va a juzgarte porque mereces ser egoísta, limitante, cruel con el resto, si eso significa protegerte a tí, a quien quieres.

—Siento que lograron agrietarme—, ladeó apenas la cabeza. —Se supone que puedo lidiar con estas cosas como me enseñaste, pero…

—Te enseñé a hacerles creer a todos que no pueden con tu espíritu, que tu alma vale más que imperios y que tú vas a tener la cabeza en alto siempre—, Noelle observó ese par de ojos que siempre le causaron curiosidad—. No que no debes tener grietas. Todos las tenemos, pero las tuyas no deben ser temidas por tí, si no por el resto. Sé buena con todos los que se lo ganen —agregó sin pestañear. —Sé cruel con quien se atreva a usar tus grietas para destruirte —concluyó Noelle con voz firme—. Porque hay quienes sólo entienden la fuerza cuando la sienten contra sí mismos.

Harper llenó sus pulmones.

—Nadie debe ser más importante para tí, que tú misma—, repitió la frase con la que terminaba sus clases.

Los dedos de Harper buscaron la argolla y la giraron una vez más.

—Con él esa regla se rompe —admitió en voz serena—. No después de hoy. No después de… —no terminó; no hacía falta.

—Entonces esa es tu decisión. Quédate con él. Defiéndelo como defiendes todo lo que amas… incluso cuando no sabes que lo amas. —Noelle sonrió apenas—. Y si mañana cambias de opinión, también será tu derecho.

El pasillo murmuraba pasos detrás de la puerta; ruedas de camilla, voces distintas.

La puerta se entreabrió. Un interno asomó luego de tocar para avisar de su presencia.

—Están cerrando. En unos minutos podrán verlo—, avisó.

Harper se limpió las mejillas con el dorso de la mano.

—Vamos —dijo. —Necesito verlo.

Noelle sonrió con orgullo al verla reponerse tan rápido, que incluso la sobrepasaba en esa acción.

Se apartó para verla colocarse la ropa que llevaba, quitándose el vestido húmedo, para reemplazarlo por uno blanco que acompañó con un abrigo camel. Ató su cabello, pero al tener el brazo limitado, fue Noelle quien le ayudó a dejar su cabello más presentable.

Le dio el visto bueno, luego de que se colocara unas manoletinas a juego con el vestido. Ambas se dirigieron a la puerta, y sin previo aviso, Harper se detuvo. Noelle esperó a que tomara lo que sea que había olvidado, pero la pelirroja se inclinó hacia ella, y por primera vez se acercó para rodear su torso con sus brazos. No hubo palabras, pero Noelle sintió el golpe brutal que eso representaba.

Tragó saliva, sin moverse, con los brazos colgando al principio, como si no supiera qué hacer con un gesto que no esperaba. Luego, lentamente, la abrazó también. Cerró los ojos y presionó con fuerza el rostro contra el cuello de Harper, respirando ese instante como si no pudiera durar más de unos segundos.

—A veces eso es todo lo que se necesita —susurró, apenas audible—. Que alguien me diga la verdad, sin importar como se escuche o lo que provoque.

Noelle no respondió. No hacía falta. Era una de esas verdades silenciosas que no se explican, solo se sienten.

Cuando se separaron, lo hicieron sin dramatismos. Noelle la observó un momento más, como si intentara grabarse ese rostro sereno que tanto había tardado en ver.

Luego la vio salir con paso firme y la cabeza en alto. Como si ese momento, ni lágrimas hubiesen existido. Y ella tampoco lo diría.

Harper llegó hacia donde un grupo extenso de la familia estaba en el pasillo. Keyla observó el tobillo de la pelirroja, antes de que ella se acercara.

—Puedes pasar primero si así lo quieres—, dijo la pelirroja sabiendo que esa mueca en su rostro y la manera en que respiraba era por no saber nada de su hijo.

—No, puedo…

—Insisto—, fue más firme su tono de voz. Keyla vio a su esposo y este asintió.

—Te lo agradezco—, le sonrió.

Pasó casi media hora antes de ver a la enfermera que preguntó quién entraría primero. Harper mencionó el nombre de su suegra, notando la mirada de Izan que la miraba detenidamente.

No quiso decir ni hacer más. Ya no sentía incomodidad al estar entre ellos, simplemente esperó con calma, mientras Marek se quedaba a su lado, hasta que Keyla regresó, con mejor semblante y la mirada menos temerosa.

No había hablado con su hijo, pero verlo había sido suficiente para saber que no se lo habían quitado.

Harper pasó luego de ella. La habitación no era fría, pero sí tenía ese silencio clínico que suele adherirse a las paredes como si incluso las voces supieran que no deben estorbar.

En la camilla, con cables saliendo de su brazo, el rostro herido y el cuerpo aún sin moverse del todo, estaba Mateo.

Harper no supo si le dolió más verlo así o darse cuenta de que no le causaba miedo, porque sabía que él no sentía el dolor que de seguro a otros torturaba. Agradeció que fuera así.

Lo miró largo rato, en silencio, de pie junto a la puerta.

Luego caminó con paso lento hasta acercarse al borde de la cama. Su corazón no se aceleró, ni tembló al verlo. Solo se quedó allí, en silencio, contemplando a su marido, mientras por su mente veía el día en el que lo conoció, la promesa que le hizo y que ahora, sí cumplía, moría con él.

—No quiero que se repita la historia —susurró con voz áspera—. El negro me queda fatal.

No esperaba una respuesta. No estaba segura de si él podía oírla, pero necesitaba hablar aunque fuera a un cuerpo dormido.

—Mientes… —escuchó un leve susurro—. Te ves exquisita de negro…delicioso mal.

Una sonrisa nació en sus labios, pero tal como llegó se borró, retomando su actitud.

Luego bajó apenas la mirada, los labios se curvaron, solo en esa línea entre el fastidio y el alivio.

—¿Podrías fingir estar muriéndote un poco más? Me vendría bien para terminar mi discurso —dijo con sequedad, pero la voz casi se le quebró al final.

Mateo movió apenas los dedos. El monitor seguía pitando con su ritmo normal para alguien en su estado, pero ella sintió que algo en su interior sí se quebró del todo al escucharlo. Porque estaba ahí. Porque después de todo lo que habían hecho, lo que les habían hecho, él seguía respirando.

—No terminé contigo aún —susurró él, con una sonrisa apenas dibujada—. Y juré mantenerme a tu lado…en el ritual.

Harper entrecerró los ojos.

—Fue nuestra boda, cretino—, soltó. Mateo suspiró al ver ese rostro, sin los ojos tan húmedos, aunque tenía la nariz roja todavía.

—¿Tus clases de etiqueta no te permiten insultar de otra manera?

Capítulo 251. 1

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