Fabio, con una mano en el bolsillo, se quedó plantado en su lugar, observando cada detalle.
Tragó saliva, sintiéndose repentinamente cautivado por ella.
Su mirada se volvió cada vez más intensa y oscura.
Recordó cómo Vanesa solía mostrarse dócil y complaciente ante él.
Aunque le diera vergüenza, siempre obedecía cualquiera de sus peticiones sin rechistar.
El hecho de que en los ojos de ella solo brillara la devoción hacia él alimentaba enormemente su ego de macho alfa.
Además, la voz de Vanesa era suave y melodiosa.
Cuando se dejaba llevar por la pasión, era capaz de volver loco a cualquiera.
Aquella imagen lo llenó de un impulso arrollador.
Sin pensarlo ni un segundo, caminó hacia ella.
—¡Ah! —gritó Vanesa, realmente asustada—. Tú...
—¿Intentas provocararme? —La voz de Fabio era grave y ronca mientras su imponente figura avanzaba hacia ella.
Transmitía una sensación de acorralamiento abrumadora.
—¡No, claro que no! —se apresuró a negar.
El deseo en los ojos de Fabio era demasiado evidente.
Con una sola mirada, Vanesa supo exactamente lo que él pretendía.
Por puro instinto, intentó huir.
Recordó su embarazo y lo brusco que él había sido últimamente.
No podía correr ese riesgo.
—¿De qué te escondes? —La actitud de Fabio se volvió hostil en un instante.
Atrapó a Vanesa entre sus brazos y, con el forcejeo, la toalla cayó definitivamente al suelo.
Su piel era radiante y suave.
Gracias al embarazo, había perdido su delgadez habitual y ahora lucía una figura envidiable, llena de curvas.
Fabio desprendía un aura peligrosa; Vanesa era su presa y él estaba de cacería.
Aquella visión estimuló profundamente sus sentidos.
Sin dudarlo, inclinó la cabeza y la besó apasionadamente.
Vanesa fue empujada contra la cama.
Lo miró con evidente rechazo e intentó apartarlo sin pensarlo dos veces.
Entonces ya no era un suplicio, e incluso lograba encontrar placer en ello.
Era una dinámica emocional sumamente retorcida y enfermiza.
Un ciclo de tortura que había durado siete años.
Así que, al darse cuenta de lo que pasaba, no se atrevió a resistirse más.
Por lo menos en momentos como ese, debía seguirle la corriente a Fabio.
Por el bebé. Por Vicente.
Atrapada en la tiranía de Fabio, se resignó a soportar todo pasivamente.
—Así me gusta —Fabio notó su sumisión y su tono se suavizó—. Si te portas bien, no te lastimaré, ¿entendido?
Vanesa se mordió el labio, inmóvil, con la mirada llena de preocupación por el hijo que llevaba en el vientre.
Sumida en aquella asfixia emocional, aceptó a medias.
Se prometió a sí misma que, en cuanto Vicente estuviera a salvo y su visa fuera aprobada...
Dejaría a Fabio para siempre.
Huiría de ese hombre que la había torturado durante siete largos años.
Ya no quería amarlo más. Ya no le quedaban fuerzas para hacerlo.

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