Cuando el apuesto rostro de Fabio se acercó amenazante al suyo, Vanesa sintió el terror en estado puro.
Vio en sus ojos unas claras intenciones asesinas.
En un instante, la levantó por el aire.
A pesar de estar embarazada.
No había subido mucho de peso; seguía siendo sumamente liviana.
Al sentir que la levantaba, el vientre se le contrajo, y ella, por instinto, se llevó las manos a su bebé.
—Fabio, ¿qué estás haciendo? —preguntó Vanesa asustada.
Fabio soltó una carcajada lúgubre y la acorraló contra la pared.
Su espalda golpeó el revestimiento, que afortunadamente amortiguó el impacto.
De no ser por eso, sentía que se le habría quebrado la columna vertebral en dos.
—¿Qué estoy haciendo? ¿Qué te dije antes? Que no te atrevieras a meterte con ella, ¡y qué es lo que haces! ¿Desafiarme una y otra vez? —exclamó Fabio lleno de furia.
Vanesa seguía aplastada contra la pared, cuando la mano de Fabio se cerró con fuerza sobre su garganta.
Una sensación de ahogo tristemente conocida la invadió.
El rostro de Vanesa perdió todo el color.
No podía respirar y el bebé empezó a moverse frenéticamente, como pidiendo ayuda a gritos.
—El... bebé... —logró susurrar Vanesa con muchísima dificultad.
Apenas en ese momento, Fabio cayó en cuenta de que ella también llevaba un hijo en su vientre.
La soltó de golpe y Vanesa se deslizó hasta caer al suelo.
Por un segundo, la habitación se llenó de un silencio aterrador.
Fabio apretó los puños con rabia, sin hacer el menor intento de ayudarla a levantarse.
Vanesa, tirada en el suelo, jalaba aire con desesperación.

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