Vanesa no opuso resistencia, pues ya no le quedaban fuerzas.
Fabio se movió con rapidez y se dirigió a grandes zancadas hacia la salida de Villa Esplendor.
El mayordomo también se alarmó y de inmediato ordenó que prepararan el auto.
Vanesa estaba encogida sobre sí misma, aferrándose al brazo de Fabio como si su vida dependiera de ello.
Pero, aun así, no cedió ni dijo una sola palabra amable.
Fabio recordó a la antigua Vanesa, siempre dócil y complaciente ante él.
No importaba cómo la tratara, ella soportaba todo y siempre lo esperaba en casa con una sonrisa.
En ese entonces, Vanesa lo amaba y por eso se entregaba sin reservas.
Pero la Vanesa de ahora le resultaba a Fabio como una completa desconocida.
Incluso recordó las palabras de Bruno Velasco.
Si Vanesa no volvía a enamorarse de él, tarde o temprano perdería el control sobre ella.
La pasión y el brillo de Vanesa ya no serían para él, sino para otro hombre.
Al pensar en esto, la mirada de Fabio se oscureció aún más.
Apretó el paso mientras cargaba a Vanesa en sus brazos.
El dolor la estaba matando, y el sudor frío le empapaba el rostro.
Aun así, intentaba rechazarlo, tratando de zafarse de su dominio.
Era imposible que Fabio no se diera cuenta.
Su rostro se ensombreció mientras le lanzaba una advertencia: —Vanesa, ¿acaso quieres que algo le pase a mi hijo?
Al instante, Vanesa dejó de luchar.
No podía ni se atrevía a apostar con la vida del bebé en su vientre; no era tan insensible.
Además, estaba Vicente.
La retorcida y enfermiza relación entre ellos los mantenía fuertemente encadenados; ninguno de los dos tenía escapatoria.
Por eso, Vanesa no se atrevía.
Al ver que se había calmado, Fabio no dijo nada más.
—Si esperamos medio mes, ¿estará estable? —preguntó Fabio con tono gélido.
—Sí —confirmó el doctor.
Esa respuesta hizo que Fabio clavara una mirada tan penetrante en el médico que este sintió un escalofrío en la espalda.
Le ordenó palabra por palabra: —Si llega el día en que no se pueda salvar su embarazo, le practicarán una cesárea de inmediato. Quiero que me asegure la vida de este niño.
El doctor preguntó con cautela: —¿Y la madre?
—Deje que la naturaleza siga su curso —respondió Fabio.
Una respuesta fría y despiadada.
El doctor no se atrevió a decir más; la crueldad de las familias adineradas superaba por mucho lo que cualquier persona normal podría imaginar.
Sin agregar nada más, Fabio salió de la sala de examen y se dirigió directamente a la habitación de Vanesa.
Adentro, ella estaba descansando.
Fabio entró en silencio y caminó tranquilamente hacia donde estaba.

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