Las voces llegaban desde el pasillo...
—No puedo creer que ese tal Vicente sea el hermano de la señora Serrano.
—Seguro que se quieren mucho. Cuando vio los rumores que salieron en las noticias, Vicente sufrió una crisis nerviosa. El Doctor Cárdenas se llevó un buen susto, casi no logran estabilizarlo.
—Te cuento algo peor, dicen que antes de que lo trajeran aquí, Vicente había sido torturado de una forma brutal. Tiene secuelas psicológicas graves, incontinencia y un prolapso. Imagínate por lo que habrá pasado...
—Sí, el Doctor Cárdenas dijo que no puede sufrir ninguna alteración, o de lo contrario, quién sabe qué podría pasarle...
—La próxima vez probablemente no sobreviva.
Las voces de las enfermeras se fueron alejando, pero el corazón de Vanesa latía a un ritmo desbocado.
Sentía la cabeza pesada; quería calmarse, pero le era imposible.
Una sensación de vértigo se apoderó de ella, haciendo que se desplomara en el sofá cercano.
En ese preciso instante, Fabio abrió la puerta.
Al ver a Vanesa caída sobre el sofá, su expresión se tornó sombría al instante.
—Vanesa, te dije que te comportaras y que no intentaras hacer tus teatritos frente a mí —las palabras de Fabio fueron despiadadas.
Sin darle la oportunidad de defenderse, ya la estaba condenando: —Si te sientes mal, llama al doctor, no te tires dramáticamente en el sofá para llamar mi atención.
Mientras hablaba, Fabio se acercaba a ella.
Al detenerse frente a Vanesa, la miró con altivez: —Hacer estas cosas solo me da asco.
Vanesa lo escuchaba, pero se sentía terriblemente mal.
Sentía que la cabeza le iba a estallar; no tenía espacio para procesar nada, y mucho menos para responderle a Fabio.
Sin embargo, su silencio no hizo que Fabio se detuviera.
La tomó bruscamente del mentón, obligándola a levantar la mirada.
—Fabio, me siento muy mal, suéltame... —la voz de Vanesa era apenas un susurro.

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