Pero en sus ojos predominaba la impotencia y un profundo rechazo hacia él.
—Fabio, eres un ser despreciable —escupió Vanesa entre dientes.
Sin pensarlo, levantó la mano para darle una bofetada.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Fabio la interceptó y le empujó el brazo con fuerza.
—Vanesa, ¿crees que te voy a dar la oportunidad de golpearme otra vez? —dijo con una sonrisa fría.
Vanesa cayó sobre el sofá.
Recordó lo que acababa de escuchar sobre el estado de Vicente.
El corazón se le encogió de angustia.
Pensó en cuánto se preocupaba Vicente por ella y en el colapso emocional que estaba sufriendo ahora.
Al levantar la vista y ver la expresión sombría y amenazante de Fabio, Vanesa no pudo soportarlo más.
Tenía que ver a Vicente.
Le aterrorizaba lo que Fabio pudiera hacerle.
Conocía la crueldad de ese hombre mejor que nadie; era capaz de cualquier cosa.
A Fabio solo le importaban los resultados; los medios le eran indiferentes.
Temía por la vida de su hermano.
Por eso, sin detenerse a pensarlo, se levantó tambaleándose y, sin decir una sola palabra, intentó salir a la fuerza de la habitación.
Fabio fue más rápido y la agarró del brazo: —Vanesa, ¿de verdad vas a desafiarme?
Ella no respondió, solo siguió forcejeando.
El alboroto fue tal que el doctor entró corriendo a la habitación.
Al presenciar la escena, el doctor miró a Fabio con evidente alarma.
Vanesa estaba embarazada y no podía estar expuesta a ese nivel de alteración; de lo contrario, las consecuencias serían desastrosas.
Incluso si optaban por una cesárea de emergencia, si la madre estaba en un estado tan alterado, las probabilidades de salvar al bebé eran mínimas.
Podría morir en su vientre.
Y Fabio quería al bebé vivo.
—Señor Serrano, no puede... —intervino el doctor, nervioso, intentando persuadirlo.
Las palabras del doctor lograron que Fabio recobrara parte de la calma.
Sin embargo, la ferocidad en su mirada no desapareció, y dictó una orden tajante: —Inyéctele un sedante.
El doctor no se atrevió a contradecirlo.

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