Sus dedos se aferraban al borde del asiento de cuero, con las palmas de las manos sudorosas.
Fabio parecía no querer decir nada.
No fue hasta que el auto se detuvo por completo que él miró a Vanesa: —Llegamos, estamos atrasados.
El guardaespaldas abrió la puerta y Fabio se inclinó para bajar del auto.
—Fabio... —Vanesa lo llamó de repente.
Fabio giró la cabeza para mirarla, inmutable.
Los labios rojos de Vanesa se movieron; quiso hablar, pero las palabras murieron en su garganta.
Fue Fabio quien soltó una leve sonrisa, una sonrisa muy tenue.
—Vanesa, tú misma lo dijiste: ahora el control lo tienes tú, no yo. Siendo así, no me cuesta nada ceder ante ti —Fabio parecía saber lo que Vanesa estaba a punto de decir.
Hizo una pausa, pero sus siguientes palabras fueron increíblemente crueles.
—Ya que me conoces tan bien, también sabes que mi tolerancia hacia ti tiene un límite, ¿eh? Así que no quiero que haya una próxima vez para este tipo de cosas. Eres una mujer inteligente; por tu propio bien, no estires demasiado la liga. —Fabio fue muy claro.
Su imponente figura se giró hacia ella, y sus dedos, con ligeras callosidades, acariciaron suavemente la piel de Vanesa.
Vanesa estaba temblando.
—Haberte consentido hace un momento fue para que ella lo viera. Porque la estilista trabaja para ella, ¿eh? —Fabio dejó las cosas claras.
Toda ilusión de romance e intimidad se hizo añicos en un instante.
Esa indulgencia y ternura venían con condiciones.
Fabio le dio unas palmaditas en la mejilla a Vanesa y apartó la mano con expresión gélida.
Luego, se dio la vuelta y bajó del auto.
Cuando los paparazzi vieron llegar a Fabio, los flashes de las cámaras se centraron en él.
Todos en Jalapa sabían que Fabio nunca llegaba tarde.
Y mucho menos a una gala tan importante; todo el mundo estaba especulando sobre qué habría pasado.
Fabio no dijo nada.
Su mano se apoyó en la puerta del auto mientras su mirada permanecía fija en el interior.
Ese movimiento hizo que los presentes murmuraran aún más.
Y entonces todos vieron aparecer a Vanesa.

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