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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 211

En cualquier lugar que enfocaran las cámaras, se podía ver a Fabio Serrano cuidando de Vanesa.

Cada vez que se encontraban con alguien, él la presentaba con orgullo: "Ella es mi esposa".

Giselle Rivas, por el contrario, se había convertido en un secreto vergonzoso, alguien que debía permanecer en las sombras.

A kilómetros de distancia, en Boston, Giselle observaba esas imágenes en la pantalla. Su rostro se contorsionó en una expresión sombría y aterradora.

A su alrededor, la habitación era un desastre; había destrozado todo lo que encontró a su paso.

El personal de servicio permanecía de pie en la periferia, sin atreverse a dar un paso adelante.

Tenían pánico de convertirse en el blanco de su ira.

Sin pensarlo dos veces, agarró su teléfono dispuesta a llamar a Fabio.

Pero en el último segundo, colgó.

Apretó el aparato con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Fabio, ¿de verdad tienes que acorralarme de esta manera? —murmuró Giselle, llena de resentimiento.

Su respiración era agitada. Sentía que la cabeza le iba a estallar del dolor.

De repente, un grito desgarrador resonó desde el dormitorio principal. El personal de servicio entró en pánico.

Giselle se desplomó en el suelo, perdiendo el conocimiento.

El lugar se sumió en un caos total.

...

Tras aquella gala, Vanesa y Fabio parecían estar mucho más unidos.

Vanesa sabía perfectamente que todo era una farsa, pero esa amabilidad retorcida la estaba envolviendo, atrapándola en su propia red.

Era una contradicción asfixiante que la dejaba sin aliento.

A pesar de todo, tenía muy claro lo que debía hacer. Su determinación de marcharse seguía intacta.

Solo que, en medio de esa firmeza, a veces se permitía divagar por un instante.

Una ensoñación tan fugaz que parecía irreal.

No obstante, gracias a esa misma farsa, los días de Vanesa se habían vuelto más tranquilos.

Al menos ya no tenía que vivir con el corazón en un puño, temiendo el próximo movimiento de Fabio.

—Señora, el señor Serrano la está esperando afuera —anunció el mayordomo con una cálida sonrisa.

—De acuerdo —asintió Vanesa.

—Tal vez no lo sepa, pero los bocadillos que le hemos estado sirviendo por las tardes son órdenes directas del señor Serrano. Él mismo pide que se preparen los ingredientes con un día de anticipación. Y bueno, él siempre ha estado al tanto de sus gustos. No es cierto que la ignore o que no la conozca.

—...

—Fíjese, ahora la acompaña en persona a sus consultas, salen de compras y asisten juntos a eventos sociales. Si usted fuera alguien sin importancia para él, el señor Serrano jamás invertiría tanto tiempo.

El mayordomo se esforzaba por detallar cada muestra de afecto de Fabio hacia ella.

Vanesa se limitó a escuchar y esbozó una leve sonrisa,

sin mostrar mayor emoción.

Probablemente, todos en Jalapa creían que tenían un matrimonio perfecto, que eran una pareja ejemplar y profundamente enamorada.

Pero Vanesa sabía la verdad: la ternura de Fabio no era para ella.

Era para Giselle.

Todo lo que estaba haciendo ahora no era más que una elaborada puesta en escena para provocar a Giselle.

Mientras mejor la tratara a ella, más rápido lograría que Giselle regresara.

Al pensar en eso, Vanesa soltó una risita suave.

Parecía una respuesta a las palabras del mayordomo, pero cualquiera con un poco de percepción notaría el amargo sarcasmo que ocultaba.

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