Fabio la fulminó con la mirada, sus ojos oscuros y pesados como plomo.
Vanesa se mantuvo en silencio, todavía aferrada al borde del asiento, presa del nerviosismo.
No tenía idea de cómo iba a reaccionar él.
Incluso se preparó mentalmente para lo peor:
que Fabio estallara de rabia.
Total, pensó, ya estaba acostumbrada a sus arranques.
Se miró en el reflejo de la ventanilla; su rostro era una máscara de amarga ironía.
Pero para su sorpresa, Fabio no articuló palabra.
—¡Ah! —exclamó Vanesa.
Perdió el color en un instante y su mano libre voló hacia la agarradera superior del techo.
Con la otra, se aferró instintivamente a su vientre.
Si no hubiera sido por el cinturón, habría salido volando por el parabrisas.
Fabio había pisado el acelerador a fondo, arrancando de golpe.
Lo hizo con tanta brutalidad que no le dio ni medio segundo para reaccionar.
Vanesa sabía que lo había hecho a propósito.
Odiaba que lo desafiaran.
Y siempre encontraba alguna manera retorcida de castigarla.
Que se quedara callado no significaba que estuviera de acuerdo; su crueldad hablaba por sí sola, expresando todo el veneno que llevaba por dentro.
Aun así, Vanesa no tenía la menor intención de suplicar piedad.
Mantuvo su postura, clavando la vista en el paisaje que pasaba a toda velocidad.
Se obligó a tragarse las náuseas que le revolvían el estómago.
Fabio mantuvo una expresión estoica durante todo el trayecto, sin soltar el acelerador en ningún momento.
Una furia indescriptible le hervía en la sangre, irritándolo hasta la médula.
Sí, era verdad. Todo el teatro de tratarla como una reina en público era única y exclusivamente para hacer enfadar a Giselle.
Pero a veces, las mentiras repetidas se vuelven costumbre.
Sin importar el contexto, su instinto de protegerla afloraba por sí solo.
Incluso había momentos en los que ni él mismo sabía si estaba actuando o si lo sentía de verdad.
Y el hecho de que Vanesa le hubiera arrancado la máscara de golpe...
lo dejó expuesto y vulnerable, a él, no a ella.

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