Era una burla hacia sí misma, hacia Fabio,
y hacia su patética situación.
Sin embargo, no tenía por qué darle explicaciones a nadie.
Aun con todo ese teatro, Giselle parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Los medios no tenían nada sobre ella.
Ni un solo rumor, ni una foto.
Ese silencio sepulcral no le daba a Vanesa ninguna tranquilidad.
Al contrario, la llenaba de ansiedad.
Era la clásica calma que precede a la tormenta.
Una tensión sofocante.
—¿En qué piensas? —preguntó Fabio con voz neutral.
La voz de Fabio la devolvió a la realidad. Vanesa ocultó sus emociones y respondió con indiferencia: —En nada. Últimamente me distraigo con facilidad.
Fabio le dirigió una mirada fugaz, pero no hizo ningún comentario.
Le abrió la puerta del auto para que subiera, la cerró con cuidado y luego rodeó el vehículo para tomar el asiento del conductor.
Inconscientemente, la mirada de Vanesa se posó en él.
Al subir, Fabio notó que ella aún no se había abrochado el cinturón de seguridad y frunció el ceño.
—El cinturón —le recordó.
Ya había encendido el motor.
Vanesa se inclinó para jalar la correa.
Pero por más que tiraba, el mecanismo parecía haberse atascado.
La frustración hizo que sus mejillas se tiñeran de un ligero rubor.
De pronto, Fabio se inclinó hacia ella. Vanesa se tensó al instante.
Su sola cercanía la ponía nerviosa.
—¿Está atascado? —preguntó él en voz baja.
—Sí... creo que se atoró —murmuró ella.
Fabio no dijo nada, simplemente bajó la mirada para revisar el mecanismo.
En sus manos, el cinturón cedió mágicamente y, al segundo siguiente, el clic resonó al asegurarlo sobre ella.
Debido a ese movimiento, sus rostros quedaron a escasos centímetros.
Vanesa se quedó rígida.
Sus delgados dedos se aferraron al borde del asiento; le sudaban las palmas.


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