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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 215

Vanesa se quedó paralizada por la sorpresa.

Luego vio cómo Fabio usaba las toallas de papel para limpiarle el gel conductor del vientre abultado con una delicadeza inusual.

La pequeña en su vientre parecía intuir quién la estaba tocando.

Se puso sumamente inquieta con el contacto de Fabio.

Comenzó a moverse de un lado al otro, siguiendo el rastro de su mano.

Vanesa podía ver claramente los pequeños bultos moviéndose bajo su piel.

—Puedo hacerlo yo misma —murmuró Vanesa.

Pero Fabio no hizo el menor amago de entregarle las toallas.

Continuó limpiándola, totalmente concentrado en su tarea.

El doctor, observando la escena, comentó con tono afable: —Señora Serrano, el señor Serrano la adora. Hace mucho tiempo que no veo a un esposo tan dedicado durante las revisiones prenatales.

Al escuchar eso, Vanesa forzó una sonrisa hacia el médico.

¿La adoraba?

Supuso que sí.

Después de todo, llevaba en el vientre el boleto dorado de Fabio.

La mano de Fabio vaciló una fracción de segundo, pero enseguida continuó con sus movimientos, fingiendo que no había escuchado nada.

El doctor, captando la tensión en el aire, se excusó y salió de la habitación, dejándolos solos.

Vanesa vio cómo se cerraba la puerta tras él.

De inmediato, empujó suavemente la mano de Fabio.

—Ya es suficiente —dijo con frialdad.

Sin darle tiempo a responder, hizo el ademán de levantarse de la camilla.

Fabio retrocedió un paso.

El ambiente se volvió denso, casi asfixiante.

Vanesa no tenía idea de qué pasaba por su mente y optó por guardar silencio.

Lo único que deseaba era salir corriendo de esa habitación.

Al girarse, estiró el brazo para alcanzar su celular en la mesita de noche.

Sin embargo, se le resbaló de los dedos y cayó al suelo.

Instintivamente, se inclinó para recogerlo.

Pero, en su prisa, tropezó con su propio pie y perdió el equilibrio.

Vanesa asintió. No tenía sentido negarlo.

Le dolía tanto que no podía articular palabra.

El doctor entró corriendo, asustado de que algo grave hubiera pasado.

De pronto, había un ortopedista y un obstetra revisando un simple esguince.

Cuando terminaron los exámenes, quedó claro que Fabio había hecho una tormenta en un vaso de agua.

—Señor Serrano, la señora está bien. Es solo un esguince leve. Con un poco de reposo y evitando cargar cosas pesadas, se recuperará pronto —explicó el doctor con calma.

Sin embargo, cuando se dirigió a Fabio, su tono se volvió severo.

—Pero a usted sí tenemos que revisarlo —sentenció.

Las palabras del médico hicieron que Vanesa levantara la vista hacia él, confundida.

Ella sabía que Fabio tenía una herida en la espalda; se la había hecho la última vez, precisamente por protegerla.

¿Acaso no había sanado ya?

Antes de que pudiera procesarlo, el doctor prosiguió:

—Esa herida se le ha estado abriendo constantemente. Nunca llegó a sanar del todo. Con este golpe, es mejor revisarla de inmediato —concluyó con el ceño fruncido.

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