Vanesa seguía sin entender nada, mientras que Fabio mantenía una expresión severa.
El doctor se acercó a él sin pedir permiso.
Como era de esperarse, la herida de Fabio había empezado a sangrar de nuevo.
Vanesa se quedó de una pieza, completamente tomada por sorpresa.
Guardó silencio un segundo, pero en cuanto vio la sangre tiñendo la camisa, sintió que la cabeza le daba vueltas.
Antes, Vanesa no solía ser tan aprensiva.
Pero desde el embarazo, su cuerpo reaccionaba de maneras que no podía controlar.
Al percibir el olor metálico de la sangre, las náuseas regresaron con toda su fuerza.
Fabio se percató al instante de su malestar.
—Sáquenla de aquí —ordenó con total frialdad.
Una enfermera reaccionó con rapidez, la tomó del brazo y la escoltó fuera de la sala.
Al salir del consultorio,
el aire fresco del pasillo, mezclado con el clásico olor a antiséptico, la golpeó de frente.
Poco a poco, las náuseas fueron desapareciendo.
—Señora Serrano, ¿gusta que la acompañe a la sala de espera para descansar? —le ofreció la enfermera con suma amabilidad.
Vanesa asintió lentamente.
A medida que avanzaba el embarazo, se sentía cada vez más agotada, como si su cuerpo no diera abasto.
Siguió a la enfermera dócilmente hacia el área de descanso.
Allí se acomodó en un sofá y se dejó vencer por un sueño ligero, algo muy común en su estado.
Solo despertó cuando el tono de llamada de su celular rompió el silencio de la sala.
Miró la pantalla: era Sofía Zamora.
Contestó sin dudar: —Sofía.
—¡Esa perra de Giselle! —estalló Sofía, histérica del coraje—. ¡Anda esparciendo rumores asquerosos sobre ti! ¡Llora por los rincones haciéndose la víctima! ¡Nunca en mi vida había visto a alguien tan patética!
—De acuerdo —respondió Vanesa con una calma sepulcral.
Al notar su tono, Sofía se frenó de golpe: —Vane, tú...
Vanesa soltó una risita amarga: —No te preocupes. Esos chismes baratos ya no pueden lastimarme.
Su corazón estaba tan destrozado que un par de puñaladas mediáticas más no hacían ninguna diferencia.
—Bueno, ya, olvidemos a esa gente. ¿Quieres ir a cenar esta noche? Abrieron un lugar de guisos espectacular por mi casa —propuso Sofía, cambiando radicalmente de tema para animarla.
—Me parece bien —accedió Vanesa.
Después de charlar unos minutos más, se despidieron.
Sofía le envió los detalles del lugar por mensaje.
Vanesa guardó la dirección.
Como Fabio nunca le había impuesto horarios ni restricciones, era completamente libre de ir a donde quisiera.
Revisó la hora en su reloj y decidió que no tenía caso seguir perdiendo el tiempo en el hospital.

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