Carlos era el perro fiel de Fabio, era obvio que intentaría pintarlo como a un santo.
Eso era lo que Vanesa se repetía a sí misma.
—¿Qué clase de "desliz desafortunado"? —le exigió saber, enmascarando su tormenta interior con una fachada de frialdad.
—Un desliz por embriaguez —explicó Carlos sin rodeos—. La señorita Rivas se aprovechó de él cuando estaba completamente ebrio; así fue como concibió a ese bebé.
El impacto de esa revelación golpeó a Vanesa con la fuerza de un huracán. Jamás imaginó que Giselle hubiera recurrido a una bajeza semejante.
Aún estaba paralizada por la sorpresa cuando
el asistente volvió a la carga.
—Durante todos estos años, cada vez que la señorita Rivas viajaba al extranjero, jugaba a hacerse la difícil para obligar a mi jefe a buscarla, tal como lo está haciendo ahora. Y dígame, ¿acaso él ha cedido a sus caprichos?
—...
—Si el señor Serrano de verdad quisiera hacerla su mujer, poco le habría importado que El Patriarca Serrano la hubiera elegido a usted para ese puesto. Le habría dado a Giselle el lugar que ella exige sin pensarlo dos veces. Sin embargo, no movió un solo dedo, y usted sigue siendo la única y verdadera señora Serrano.
—...
—Cuando el abuelo falleció y usted le presentó los papeles de divorcio, él bien pudo haber firmado y acabar con todo. Pero le ha estado dando largas. Y créame, el señor Serrano no es un hombre al que le guste posponer las cosas... especialmente cuando la otra mujer está esperando un hijo.
Carlos había soltado su discurso con una lentitud calculada.
Y cada palabra que pronunciaba demolía las murallas que Vanesa había construido a su alrededor.
Varias veces intentó replicar, pero él parecía leerle la mente, cortándole el paso con una respuesta anticipada para cada una de sus dudas.
—Ese viaje fue un ultimátum desesperado. El jefe tenía mil y un recursos para traerla de vuelta sin necesidad de armar todo este teatro con usted. Piénselo con frialdad: ¿no cree que lo de hacer público su matrimonio es, en realidad, una excusa para acercarse a usted? Llevan demasiado tiempo enfrascados en una guerra fría, y mi jefe es demasiado orgulloso para pedir tregua abiertamente.
Los labios carmesí de Vanesa temblaron levemente.
Estaba a punto de exigir más explicaciones cuando la voz de Fabio resonó en el pasillo: —Carlos.
Su mirada, clavada en el asistente, brillaba con una amenaza silente.
Carlos agachó la cabeza, acató la advertencia sin chistar y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Se quedaron a solas en medio del silencio.
La camisa de Fabio estaba desabotonada, dejando al descubierto la firmeza de su pecho desnudo.

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