—Y lo que es el colmo es que, al fin y al cabo, tú y Fabio son marido y mujer, ¡y el muy imbécil no ha sido capaz de dar la cara por ti! ¡Qué basura de tipo!
Sofía se despachó a gusto, desahogando todo su veneno,
sin tener la menor idea de quién la estaba escuchando en realidad.
"¡Devuélveme eso!", articuló Vanesa en silencio, mirándolo con furia.
Se puso de pie, dispuesta a arrebatárselo a la fuerza.
Pero fue un intento inútil.
Fabio le sacaba bastante ventaja en estatura.
Con un movimiento ágil, alzó el brazo para mantener el teléfono fuera de su alcance, se inclinó ligeramente y estampó sus labios contra los de ella.
Vanesa abrió los ojos de par en par, atónita. Aquel beso la dejó completamente paralizada, robándole el aliento y la voz.
En medio de la pasmosa quietud del pasillo, el único sonido era el torrente de insultos de Sofía hacia Fabio y Giselle.
—¿Vane? ¡Vane, responde! —exigió Sofía, percibiendo que algo andaba mal.
Vanesa la escuchó perfectamente.
Intentó zafarse con todas sus fuerzas.
Pero mientras más se resistía, más posesivo y demandante se volvía el beso de Fabio.
De pronto, el silencio se apoderó de la línea.
Lo único que Sofía alcanzó a escuchar fue la respiración agitada de su amiga.
Y luego, la inconfundible y grave voz de Fabio: —Parece que tienes una opinión muy desfavorable sobre mí, señorita Zamora.
Sofía sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.
No por ella, sino por el miedo a las represalias que él pudiera tomar contra Vanesa.
—¡Serrano, las palabras salieron de mi boca! ¡Si vas a cobrarte algo, ven a buscarme a mí, deja en paz a Vane! —exclamó, al borde del pánico.
Vanesa, con los labios hinchados por el beso de Fabio, apenas podía tragar aire.
Su mente estaba hecha una nebulosa; todo le daba vueltas.
Antes de que pudiera articular palabra, Fabio añadió en tono casual: —Esta noche yo invito la cena, señorita Zamora.
Y con esa lacónica frase, colgó la llamada.
Vanesa lo enfrentó de inmediato: —¿Qué piensas hacerle a Sofía?
Fabio ignoró por completo su pregunta y, tras revisar su elegante reloj de pulsera, respondió con apatía: —¿No quedaron a las cinco y media? Ya se les hizo tarde.
Sin darle tiempo a reaccionar, entrelazó sus dedos con los de ella y tiró de su mano, arrastrándola hacia la salida del hospital.

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