Vanesa también pensó en lo mismo.
Y no pudo evitar fruncir el ceño.
De repente, tuvo la certeza de que Julián estaba haciendo todo aquello para provocar a Fabio.
El problema era que no tenía pruebas. E incluso si las tuviera, no estaba en posición de reclamarle nada a Julián.
Todo este embrollo solo le causaba jaqueca.
Si ella se había dado cuenta, era obvio que Fabio, con lo astuto que era, también lo sabía.
La mirada del hombre se volvió sombría. Era la primera vez que lo rebajaban de esa manera.
Por el rabillo del ojo, lanzó una mirada a Vanesa, con una profundidad difícil de descifrar.
—Señor Serrano, le pedimos nuestras más sinceras disculpas. Por las molestias causadas, nosotros cubrimos su consumo de hoy —se apresuró a ofrecer el gerente, tratando de arreglar la situación.
Ante tal escenario, Fabio no iba a hacer un escándalo.
El cambio ya estaba hecho; hacer una escena solo lo dejaría en ridículo.
—Está bien —dijo Fabio, con la voz cargada de una escalofriante frialdad.
El gerente, aliviado, se apresuró a guiar a Fabio hacia otro de los salones privados.
Pero, justo cuando daban la vuelta, Julián Jiménez apareció caminando en dirección a la mesa que antes les pertenecía.
Julián caminaba con las manos en los bolsillos, dedicándole a Fabio una sonrisa maliciosa.
El descaro en sus ojos dejaba en claro que Fabio le importaba muy poco.
—Vaya, ¿así que esta mesa privada era del Señor Serrano? —preguntó Julián en tono de burla.
Al oírlo, al gerente le dieron ganas de desaparecer.
Nadie sabía cómo lidiar con el temperamento y la arrogancia de Julián.
Pero la intención de buscar pleito era innegable.
El gerente no podía decir una sola palabra; solo le quedó quedarse congelado en su sitio, hecho un manojo de nervios.
Y no era el único. A Vanesa le comenzó a latir la cabeza.
Soltó un suspiro inaudible y clavó la vista en Julián, con una expresión resignada.
Esta vez, Julián no miró a Vanesa, sino que mantuvo la vista fija e incendiaria en Fabio.
Por dentro, Fabio estaba que hervía de rabia, pero por fuera no dejó que se le notara nada.
—El heredero Jiménez se equivoca. Esta mesa pertenece al club —respondió Fabio con sequedad.
Julián fingió sorpresa con un exagerado «oh».
—Pues cuánto lo siento.

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