Las palabras del mayordomo de la casa de los Serrano le vinieron a la memoria.
Aparentemente, Fabio recordaba muy bien todo lo que le gustaba.
Muchas de las atenciones que recibía en casa eran órdenes expresas de él.
Vanesa observó al hombre que tenía enfrente, de pronto incapaz de distinguir entre lo falso y lo verdadero.
Supuso que el que se quema con leche, ve una vaca y llora.
Así que prefirió guardar silencio.
—¿Quieres pedir algo más? —le preguntó Fabio de repente, rompiendo la tensión.
Vanesa reaccionó. Echó un vistazo al menú en la tableta y negó con la cabeza.
—Es mucho, nosotros dos no podremos terminarlo todo —dijo con total franqueza.
Aunque no les faltara el dinero, no le gustaba desperdiciar la comida.
Durante todos los años que vivió con la familia Serrano, nunca lo hizo.
Fabio asintió con tranquilidad.
—No te preocupes. En un rato vendrá Bruno. Si sobra comida, que sobre.
Vanesa se sorprendió.
No se esperaba que Bruno Velasco fuera a aparecer.
Pero, pensando en lo cercanos que eran Fabio y él, tampoco era tan descabellado.
Ella asintió sin hacer más comentarios.
Vanesa casi no conocía a los amigos de su marido, y Bruno Velasco no era la excepción.
Solo se saludaban por compromiso.
Además, Vanesa no tenía una buena impresión de él.
Ese hombre era demasiado calculador y despiadado.
Sobrevivir a las sangrientas guerras de poder de la familia Velasco para convertirse en el líder absoluto no era cosa de niños.
Sin darle más vueltas al asunto, Vanesa dejó de pensar en él.
Fabio le devolvió la tableta al mesero.
El muchacho se retiró a toda prisa.
Vanesa no intentó iniciar ninguna conversación; se mantuvo en total silencio.
Poco después, el mesero regresó con la entrada.
Fabio sirvió personalmente los espárragos al óleo en el plato de su esposa.
Vanesa solo lo miraba hacer.
El ambiente dentro del salón parecía tranquilo, pero había un aura bastante inquietante.
En el fondo de su corazón latía el mal presentimiento de que algo estaba por ocurrir.
Y automáticamente, sintió que todo sería culpa de la aparición de Julián.
Ese hombre era un genio brillante, pero con un temperamento loco e indomable.

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