Vanesa la escuchó atentamente, sin interrumpir el torrente de palabras de su amiga.
En el mismo instante en que vio el perfil de Fabio entre sus seguidores, sabía que esto sucedería.
—Pero esto no es nada bueno, Vane. Los seguidores de Giselle te están destrozando en los comentarios. Las cosas que te están deseando son de terror.
—...
—¿Acaso esta es la nueva forma de Fabio de atormentarte? ¿Una tortura psicológica?
Sofía terminó su discurso, con la preocupación latente en cada sílaba.
Y hablaba completamente en serio, pues a estas alturas, ya creía a Fabio capaz de cualquier cosa.
Sofía conocía a la perfección el estado de la relación entre su amiga y su marido.
No era tan ingenua como para creer que, de un momento a otro, él había caído perdidamente enamorado de Vanesa.
Si a eso le sumaba la caótica situación actual, era imposible que no estuviera muerta de la preocupación.
—No lo creo —respondió Vanesa con voz lánguida—. Si quisiera hacerme la vida imposible, tiene miles de maneras de hacerlo. No necesita seguirme en redes y mandar a los fans de Giselle a acosarme. Después de todo, con no abrir Twitter, asunto arreglado.
—Tienes razón —concedió Sofía—. Entonces, ¿qué demonios pretende?
—Montar un teatro para Giselle —respondió Vanesa, sin rodeos.
Esta respuesta dejó a Sofía sin argumentos.
Y, ante la situación actual, no sabía qué más decirle a su amiga para intentar consolarla.
El silencio se apoderó de la línea hasta que, finalmente, Sofía decidió romperlo.
—Vane, ahora que Giselle está de regreso, ¿qué piensas hacer?
Vanesa se tomó unos segundos, como si estuviera sopesando su respuesta.
—No importa si Giselle regresó o no, tengo que dar a luz a este bebé antes de poder irme —le confesó, luego de una pausa.
Era parte de su acuerdo.
Una vez que el bebé naciera, Fabio se quedaría con el paquete accionario, y entonces, por fin, sus caminos se separarían para siempre.
Sofía no dijo nada.
Pero, por alguna razón, un profundo malestar se instaló en su pecho.
Tenía el presentimiento de que las cosas se iban a complicar aún más.
Pero no lograba poner en palabras lo que le preocupaba.
Al final, solo atinó a decirle:

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