Vanesa tambaleó y se apoyó contra la pared, tratando de jalar aire desesperadamente. Le tomó mucho tiempo recuperarse de la asfixia.
Al verla así, Fabio frunció el ceño e instintivamente dio un paso hacia ella. Sabía que había perdido el control. Pero si ella no lo hubiera empujado al límite, él jamás habría reaccionado de esa forma.
¡Plaf! Esta vez, antes de que Fabio pudiera acercarse, Vanesa le asestó una bofetada fulminante. Fabio giró el rostro; sentía la mejilla arder.
"Fabio, siete años casados... ¿De verdad eso es lo que piensas de mí?", la voz de Vanesa destilaba pura decepción.
Él la miró en silencio. La marca morada de los cinco dedos se perfilaba claramente en su rostro, evidenciando la fuerza del golpe.
"Tranquilo. Ya te dije que renuncio a todo. No quiero ni un maldito centavo de los Serrano", Vanesa le dejó en claro su postura. "Sé muy bien lo que dice el testamento. Ya firmé los papeles, ahora solo tienes que firmar tú. No quiero seguir siendo la señora Serrano."
"El día que cumplamos los siete años y recibas las acciones, iremos al Registro Civil a firmar el divorcio. A partir de ahí, no tendremos nada que ver el uno con el otro."
"Vanesa, tú—"
"¡Eres un asqueroso, Fabio! No asumas que todos tienen la mente tan sucia como tú", le gritó a todo pulmón.
Inmediatamente, señaló la puerta y lo echó sin contemplaciones: "¡Lárgate! Desaparece de mi vista. A partir de hoy, tú por tu camino y yo por el mío."
Cada sílaba estaba cargada de su renovada lucidez y de su absoluto hartazgo.
Fabio se quedó ahí, paralizado. Solo la miraba.
Ante esa mirada impenetrable, Vanesa se quebró. Se abalanzó sobre él y empezó a golpearle el pecho frenéticamente.
"¡Vete, por favor, vete! ¡Te lo ruego, vete!"

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