La actitud de Vanesa hizo que la mirada de Fabio se oscureciera aún más.
¿Cómo era posible que una asesina se mostrara tan serena y desafiante en un momento así?
Sin embargo, las imágenes del video habían borrado cualquier rastro de duda que pudiera quedar en él.
—Je... —soltó una risa siniestra, clavando sus ojos en ella—. Vanesa, no tenía idea de que fueras tan buena inventando excusas y haciendo teatro.
¿Teatro?
¿Acaso no era Giselle la reina del teatro, la mosquita muerta por excelencia?
Pero a esas alturas, defenderse no tenía ningún sentido.
Vanesa guardó un silencio profundo. Era la quietud de alguien que ya no tiene nada más que perder.
Esa pasividad inquebrantable dejó a Fabio sin armas. Por más cruel que fuera, no lograba quebrarla.
La miró con desprecio y dictó su sentencia:
—En la familia Serrano no mantenemos parásitos. Y mucho menos a una asesina.
La ansiedad en el pecho de Vanesa se intensificó al escuchar su tono amenazante.
Fabio continuó, implacable: —Giselle está a punto de ser dada de alta y, obviamente, se instalará en esta mansión. Y tú... tú serás su sirvienta. ¡Es lo mínimo que puedes hacer para pagar lo que le hiciste!
Sin dignarse a mirarla por segunda vez, dio media vuelta y abandonó la habitación.
El rostro de Vanesa palideció ante la orden.
Sabía que no se trataba de servirle; se trataba de una tortura meticulosamente planeada. Y sabía algo peor:
Giselle no descansaría hasta deshacerse del bebé que llevaba en sus entrañas.
Pero no se ensuciaría las manos. Usaría otros medios para deshacerse de la criatura sin dejar rastro.
Los días por venir serían un verdadero infierno. Y lo peor de todo es que Vanesa estaba completamente aislada; no tenía a quién recurrir por ayuda.
La puerta de la pequeña habitación volvió a cerrarse con un sonido metálico.

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