Ver aquellas líneas verdes subir y bajar con normalidad hizo que la roca que oprimía el pecho de Fabio se aligerara un poco.
"Le sugiero que salga ahora, señor Serrano, para evitar cualquier riesgo de infección cruzada. En cuanto haya alguna novedad, seré el primero en avisarle", le indicó el médico con tono respetuoso pero firme.
Fabio asintió con un movimiento seco de cabeza y, sin demorarse un segundo más, dio media vuelta.
Salió de la UCI caminando a paso rápido por los pasillos asépticos.
Justo al cruzar las puertas corredizas, sintió que su celular vibraba en el bolsillo.
En la pantalla iluminada brillaba el nombre de Giselle Rivas.
Esta vez, Fabio no atendió la llamada.
Se quedó parado en el pasillo como una estatua de mármol, inerte, mirando a la nada durante largo rato.
Pero el teléfono no dejaba de sonar; Giselle insistía con la tenacidad de una garrapata.
La vibración incesante no paró hasta que la batería se agotó y el celular se apagó por completo.
Y con ello, por fin, volvió el silencio.
Fabio perdió la noción del tiempo; no sabía cuántas horas habían pasado hasta que una de las enfermeras salió corriendo de la unidad.
"¡Señor Serrano! ¡Doña Vanesa ha recuperado el conocimiento!", anunció la mujer con evidente alivio.
Fabio apenas emitió un ligero gruñido en señal de afirmación.
Sus pies, movidos por puro instinto, dieron un paso hacia las puertas de la UCI.
Sin embargo, a escasos centímetros de cruzar el umbral, se detuvo en seco. Dudó.
"¿Desea pasar a verla?", le preguntó la enfermera, notando su vacilación.
Fabio bajó la mirada, las sombras marcando sus facciones, y tras un espeso silencio, respondió: "No. Esperaré a que la trasladen a una habitación normal."
"Como ordene", asintió la empleada.
Sin hacer más preguntas, la enfermera regresó a la sala de cuidados intensivos.
A través del enorme ventanal de cristal, Fabio se dedicó a observar a Vanesa.
Estaba asombrosamente quieta.
Con el rostro tan blanco como la sábana que la cubría.
No era capaz de descifrar el huracán de emociones que le estrujaba las entrañas. Se limitó a mirarla en silencio, consumido por una pasividad dolorosa.
Quizás, en el fondo, Bruno Velasco tenía razón.
Siete largos años de matrimonio no se borran de un plumazo; era imposible que el sufrimiento de Vanesa le resbalara como si nada.
Más aún cuando ella era un ser humano de carne y hueso, destrozándose frente a sus propios ojos.
Llegados a este punto de no retorno...

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