Aquellas palabras surtieron efecto.
Vanesa se quedó paralizada al instante.
Sin atreverse a moverse, solo pudo clavarle la mirada, llena de impotencia.
Gracias a que se quedó quieta, aunque por dentro estaba hecha un manojo de nervios, la agitación disminuyó.
La hemorragia comenzó a ceder.
Y al doctor le resultó mucho más fácil tratar la herida.
Vanesa no pronunció una sola palabra; el silencio en la UCI era tan denso que si hubiera caído un alfiler, se habría escuchado.
Fabio sabía que, por fin, se había calmado.
Miró al médico.
Este terminaba de hacer las curaciones con destreza.
Por suerte, el área del sangrado no era tan grande.
Una vez que terminó, el doctor se dirigió a Vanesa.
—Señora Serrano, aguante un par de días más hasta que la herida cicatrice un poco; así será más fácil que se levante. Si se altera tanto, solo conseguirá que la herida vuelva a abrirse.
El doctor trató de hacerla entrar en razón con tono paternal.
—Además, sigue con fiebre. Si no logramos bajarle la inflamación, esa temperatura alta terminará por pasarle factura.
—En estas condiciones es impensable que vaya a ver a la bebé. Es muy frágil y vulnerable a cualquier infección. No querrá causarle un accidente, ¿verdad?
Las advertencias del doctor hicieron que Vanesa se hundiera aún más en su silencio.
Una vez que todo estuvo en orden, el médico se retiró.
La habitación volvió a quedar a solas para los dos.
Vanesa bajó la vista hacia su mano, aún atrapada por la de Fabio.
Forcejeó débilmente hasta lograr zafarse.
Seguía rechazándolo con toda su alma.
Los ojos de él se oscurecieron, observándola con una tranquilidad escalofriante.
Pero decidió no echar más leña al fuego.
El silencio volvió a adueñarse del lugar.
Vanesa no decía nada, pero su cuerpo seguía siendo un campo de batalla.
La fiebre alta y el dolor físico eran insoportables.

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