Vanesa caminaba en silencio, siguiendo los pasos de Fabio.
Tenían que ir a la Funeraria Los Olivos para firmar el acta de defunción.
Dado el estatus de Fabio, por supuesto que no necesitaban hacer filas interminables ni pasar por diferentes departamentos.
El personal de la funeraria ya los aguardaba con todo listo.
Una vez que el documento estuviera confirmado, la existencia de Paz sería borrada legalmente.
A partir de ese momento, sería como si esa niña jamás hubiera pisado este mundo.
En realidad, ni siquiera había mucho que borrar, porque Paz nunca había sido inscrita en el registro. Ni siquiera tenía un nombre oficial.
Al pensar en ello, Vanesa sintió un dolor punzante en el pecho y un nudo asfixiante en la garganta.
Sin embargo, se obligó a tragarse las lágrimas y no demostró ninguna emoción.
Sabía perfectamente que a nadie más le importaba la existencia de Paz. A nadie, excepto a ella.
Subieron de nuevo al auto.
La funeraria estaba en las afueras de Jalapa, un trayecto que tomaría alrededor de dos horas.
Dos horas de encierro forzado, compartiendo el mismo espacio con Fabio.
Ninguno de los dos pronunció palabra alguna.
Vanesa mantenía la vista fija en la ventana, observando cómo el paisaje pasaba de largo.
De vez en cuando, la mirada de Fabio se desviaba hacia ella, captándola por el rabillo del ojo, pero solo por un breve instante.
La frialdad entre ellos los hacía parecer dos desconocidos que, por un cruel giro del destino, conocían los secretos más oscuros del otro.
Finalmente, el vehículo se detuvo frente a la funeraria.
El lugar estaba envuelto en una atmósfera lúgubre y pesada.
Fabio bajó del auto y Vanesa lo siguió de cerca.
El encargado ya estaba allí, esperándolos con actitud solemne.
—Quiero ver a mi hija primero —exigió Vanesa.
El hombre asintió y la condujo hacia la sala.
No le permitieron acercarse demasiado; tuvo que observarla desde el borde de la urna refrigerada.
El pequeño cuerpo ya había sido arreglado por los de la funeraria.
Vanesa se quedó mirando fijamente, con el ceño fruncido.
Por alguna razón, sentía que la niña que yacía frente a ella no era su Paz.

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