Para Fabio Serrano, llegar a este punto era simplemente la crónica de un final anunciado.
Tarde o temprano, esto iba a pasar.
Parecía que no había nada fuera de lo común.
Sin embargo, esa opresión asfixiante en el pecho no lo abandonaba.
Por eso, se volvió cada vez más silencioso.
—Además, consígueme al mejor doctor, que la atienda como es debido —le ordenó de pronto a Carlos Medina en voz baja.
—Y si pide cualquier cosa, lo que sea, cúmplele todos sus caprichos —terminó de decir.
Carlos asintió: —Entendido, señor. No se preocupe, yo me encargo.
Dicho esto, Carlos se dio la vuelta para atender los asuntos.
Estaba a punto de marcharse cuando, de repente, Fabio lo detuvo.
—¿Señor Serrano? —preguntó Carlos, mirándolo.
—El trámite de divorcio... infórmale que debe venir en persona —dijo Fabio con absoluta calma.
Carlos se quedó pasmado.
Sabía perfectamente que la presencia de Vanesa Arias ya no era necesaria. Tampoco la de Fabio.
Ya tenían firmado el acuerdo de divorcio.
Con la posición y el poder que ostentaba Fabio, los abogados podían encargarse del resto sin problema.
Pero si el jefe lo ordenaba, Carlos solo podía obedecer: —Comprendido. No se preocupe, le avisaré a la señora.
Fabio no dijo nada más.
Carlos llevaba años trabajando para él y lo conocía bien.
En el fondo, Fabio todavía quería ver a Vanesa.
No era tan indiferente hacia ella como aparentaba.
Esta vez, Carlos sí se retiró.
Fabio se quedó de pie afuera de la habitación durante mucho tiempo antes de caminar en silencio hacia la salida del hospital.
Vanesa estuvo internada dos días. No se apresuró a contactar a nadie.
La severa hemorragia la había dejado completamente exhausta.
No fue sino hasta que descansó lo suficiente y recuperó un poco de su vitalidad que pidió el alta médica.
El doctor no estaba muy de acuerdo, pero no pudo lidiar con la terquedad de Vanesa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ