No quería causar problemas innecesarios.
—Síguela —ordenó Fabio con frialdad.
El rechazo de Vanesa era algo que él ya esperaba.
El conductor no tardó en ir detrás del otro auto.
Vanesa no se dirigió al lujoso departamento que Fabio le había preparado, sino al pequeño hogar que le había dejado su madre.
Fabio bajó la mirada, observando todo en silencio.
Al final, no pronunció palabra alguna.
...
Mientras tanto, en el auto, Vanesa llamó a Sofía Zamora.
Desde que había ocurrido la desgracia, no se habían comunicado.
Al escuchar la voz de su amiga, Sofía casi temblaba de la alteración.
—¡Vane! ¿Dónde estás? —preguntó Sofía a toda prisa.
—En el departamento de mi mamá. ¿Puedes venir un momento? —respondió Vanesa con una serenidad sepulcral.
—¡Espérame ahí, voy para allá volando! —exclamó Sofía.
—De acuerdo —asintió Vanesa.
Sofía colgó e inmediatamente corrió hacia el departamento.
Allí se reencontró con Vanesa.
Al verla, Sofía estuvo a punto de soltarse a llorar.
En tan poco tiempo, el tormento había consumido a Vanesa hasta dejarla como un fantasma.
Aunque seguía con vida, su espíritu parecía haberse esfumado; estaba profundamente marchita.
Había perdido tanto peso que dolía mirarla.
Ya no quedaba rastro de la mujer radiante que solía ser.
—Vane... —Sofía no pudo contenerse y se le quebró la voz.
Sabía muy bien la cantidad de tragedias que Vanesa había soportado en esos días.
Las noticias y los rumores le habían dado una idea del infierno que había vivido.
Pero Vanesa no había mencionado nada al respecto.
Por el contrario, le sonrió con suavidad: —¿Por qué lloras? Estoy bien.
—¡Bien mis narices! —soltó Sofía, indignada.
Vanesa siguió sonriendo.

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