Al escuchar el nombre de Giselle Rivas, Vanesa esbozó una sonrisa que sorprendió a todos.
—Les deseo que sean muy felices —pronunció, a modo de bendición.
Sin embargo, el tono de su voz carecía de cualquier emoción, sonaba escalofriantemente hueco.
Los reporteros, olfateando el drama, no soltaron a su presa: —Vanesa, ¿no sientes rencor? ¿No te parece injusto?
Esa pregunta hizo que Vanesa fijara sus ojos directamente en el reportero.
El hombre se sintió intimidado por la intensidad de su mirada.
Y entonces, la voz de Vanesa resonó con una calma absoluta: —No hay rencores. Para mí, esto es una liberación.
Sus palabras llevaban un peso inmenso.
Los paparazzi querían seguir escarbando en la herida.
Pero Fabio no les dio la oportunidad; ya había acortado la distancia y se plantó frente a las cámaras.
Tomó a Vanesa del brazo con firmeza para arrastrarla hacia el auto.
Los guardaespaldas formaron un muro de inmediato, impidiendo que la prensa se acercara más.
—Sube al auto —ordenó Fabio con voz amenazante.
Vanesa no le contestó. Simplemente se zafó del agarre con elegancia.
Mantuvo su expresión de hielo.
Fabio miró su mano vacía, sintiendo cómo la ira le hervía la sangre.
La atmósfera entre los dos se volvió tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
—Señor Serrano, hasta aquí llegamos. No necesito que me lleve —dijo Vanesa con total frialdad, dejando muy claro que no quería compartir ni el oxígeno con él.
Los ojos de Fabio se oscurecieron aún más.
Aunque los reporteros estaban contenidos por la seguridad, los flashes y las cámaras de video seguían capturando cada segundo.
Tras sus palabras, Vanesa no tenía intenciones de quedarse a discutir.
Se dio la vuelta, dispuesta a marcharse a pie.
Casi en ese mismo instante, un auto deportivo negro rechinó las llantas contra el asfalto y se detuvo violentamente a un lado de la acera.
El ensordecedor ruido captó la atención de todos los presentes.
La puerta del vehículo se abrió, revelando a Julián Jiménez, impecable en unos jeans ajustados, camisa blanca y gafas de sol.
Al bajar, se quitó los lentes y caminó con paso firme y arrogante hacia Vanesa.
Ella se sorprendió al verlo; no esperaba que apareciera ahí en ese preciso momento.
¿Acaso no se suponía que estaba en la capital?

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