Julián: 【 ¿A ustedes qué demonios les importa lo que pase entre Vanesa y yo? Ella no tiene compromisos y yo estoy soltero, ¿acaso necesitamos pedirles permiso para salir? La ídola de ustedes lleva años metiéndose con un hombre casado y nadie se ha subido a un pedestal moral para juzgarla, ¿o me equivoco? 】
Julián disparaba con precisión letal, sin guardarse absolutamente nada. Por cada ataque que lanzaban, él respondía destruyéndolos, sin el más mínimo miedo a las consecuencias.
Si Giselle Rivas tenía el dinero para movilizar a un ejército de trolls, Julián Jiménez podía comprar el internet entero. Dinero era lo que le sobraba.
En cuestión de segundos, Twitter se inundó con miles de cuentas replicando sus mensajes, arrasando y silenciando por completo la narrativa orquestada por Giselle.
Y como si no fuera suficiente humillación, Julián lanzó una estocada final directamente en su muro:
Julián: 【 Giselle Rivas, tengo todo el expediente de tu vida en el extranjero y no me temblará la mano para sacarlo a la luz. ¿De verdad te crees intocable? ¿Te crees una gran estrella? ¿Quieres que empiece a detallar cómo fue que compraste todos esos premios? ¿Quieres que consiga actores para recrear todas las escenas patéticas que armaste con Fabio Serrano? No intentes hacer tus berrinches de falsa mártir conmigo. A mí no me importa llevarme a nadie entre las patas, mucho menos a una mosquita muerta como tú. 】
El golpe fue tan brutal que dejó a todos los paparazzi y periodistas de Jalapa mudos del asombro.
Cuando Giselle leyó los mensajes, la sangre se le escurrió del rostro.
Jamás imaginó que la locura de Julián llegaría a esos extremos. Ella asumía que, como heredero, intentaría cuidar las apariencias y el buen nombre de la familia Jiménez.
Pero se equivocó terriblemente.
Y lo peor era que no tenía cómo defenderse, porque no tenía ni la menor idea de cuánta información real tenía Julián en su poder.
El pánico se apoderó de ella. No se atrevió a seguir provocándolo, así que retiró a sus trolls de inmediato y movió cielo y tierra para eliminar cualquier noticia que lo mencionara.
Ni siquiera dio la cara públicamente; dejó que su equipo de relaciones públicas manejara el desastre en silencio.
De hecho, ni siquiera tuvo el valor de mencionarle a Fabio lo que había pasado, aterrada de colmar su paciencia.
Últimamente, sentía que la actitud de Fabio era distante. Era intuición pura. Aunque ya se había divorciado de Vanesa, no parecía un hombre libre o aliviado.
Había una resistencia en él, como una profunda inconformidad. Era como si, de forma silenciosa e imperceptible, Vanesa se hubiera enquistado en lo más profundo de su ser y ahora fuera imposible arrancarla.


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