Desenterraron las historias románticas y llenas de devoción entre Fabio y Giselle.
Vanesa fue tachada una vez más como la villana definitiva.
A ella no le importaba que la despellejaran viva. Pero lo que le destrozaba el alma era que pisotearan el recuerdo de Paz.
Era apenas una bebé inocente, pero en las crueles palabras de esa gente, parecía como si estuvieran hablando de un monstruo imperdonable.
De alguna manera grotesca, se habían filtrado fotos de Paz. Eran fotos de la morgue.
Estaban usando esas imágenes para burlarse.
Lanzaban maldiciones, diciendo que el alma de la bebé jamás encontraría la luz, que estaba condenada para siempre.
Eran atrocidades tan viles que helaban la sangre.
Para los extraños, esto no era más que un chisme morboso para pasar el rato, pero Vanesa era la madre de esa niña.
Leer tanta crueldad la estaba empujando hacia un abismo de locura.
El poco autocontrol que había logrado reunir se hizo añicos. Empezó a llorar.
Lloraba en silencio, ahogando sus sollozos para que Julián no la escuchara desde la sala.
Lloraba por la injusticia que su bebé sufría incluso después de la muerte. Y, al recordar que ni siquiera había podido reclamar las cenizas de su hija, el dolor la devoró por completo.
Su terapeuta se lo había advertido: Vanesa había construido un muro de aislamiento emocional. Si la presionaban demasiado, corría el riesgo de convertirse en un peligro, no para los demás, sino para sí misma.
Ella era consciente de eso, pero el dolor era incontrolable.
Su cuerpo estaba exhausto, pero su mente se negaba a apagarse. El rostro diminuto de Paz se proyectaba una y otra vez en sus pensamientos.
En realidad, los recuerdos de la cara de su bebé eran borrosos. Era muy pequeñita y apenas había podido verla unas cuantas veces.


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