Los pasos se alejaron rápidamente, pero todavía había alguien haciendo guardia afuera.
Vanesa se sentía morir de la vergüenza.
A Fabio, en cambio, le importaba un demonio. Se volvía cada vez más atrevido y despiadado.
El ruido de pasos afuera comenzó a multiplicarse.
Vanesa sudaba frío.
En ese instante, su celular, que había quedado apoyado sobre el dispensador de papel, empezó a vibrar.
Era Julián.
Seguro se había dado cuenta de que ella tardaba demasiado.
Al no encontrarla, era lógico que la llamara.
Pero Vanesa no podía contestar.
Fabio soltó una risa burlona al notar la pantalla iluminada.
—¿No vas a contestar? —le susurró con voz ronca contra el oído.
Los ojos de Vanesa reflejaban puro terror.
Después de tantos años a su lado, conocía de sobra la crueldad de Fabio.
Él sería perfectamente capaz de contestar.
Trató de negar con la cabeza, estirando la mano para recuperar el teléfono.
Quería evitar a toda costa que Julián malinterpretara la situación y pensara que ella y Fabio estaban haciendo algo.
Pero ese gesto solo enfureció más a Fabio.
Le dejó claro cuánto le importaba lo que pensara Julián.
—Si tú no contestas, Vanesa, lo haré yo —declaró él con frialdad.
—¡No! —suplicó Vanesa.
Pero ya era demasiado tarde.
En medio del forcejeo, el sonido de la tela rasgándose llenó el silencio del cubículo.
Su vestido de gala había quedado hecho jirones por las bruscas manos de Fabio.
Él deslizó el dedo por la pantalla y contestó la llamada, dejando el teléfono sobre el borde del lavabo contiguo.
El rostro de Vanesa perdió hasta la última gota de color.
La había empujado al abismo, sin dejarle ninguna escapatoria.
Se tapó la boca con ambas manos para contener los sollozos y no emitir ni un solo sonido.
Los de mantenimiento ya venían corriendo con herramientas, pero la imponente figura de Julián les bloqueaba el paso y nadie se atrevía a moverlo.
¡PUM! Un golpe seco y ensordecedor sacudió el pasillo.
Julián había pateado la puerta del baño, abriéndola a la fuerza.
Al escuchar el estruendo, Vanesa sintió que el corazón se le salía del pecho.
Siguió callada, totalmente indefensa frente al asalto de Fabio.
La respiración pesada de Fabio llenaba el reducido espacio, volviéndose innegable para cualquiera que entrara al baño.
Los empleados y curiosos que se asomaron desde el pasillo se miraron entre sí, mudos de asombro y terror.
El ruido provenía del último cubículo.
—¡Lárguense todos de aquí! —rugió Julián.
La multitud retrocedió como si hubieran visto a un fantasma.
Entre la gente aglomerada afuera, Giselle ya se había dado cuenta de que Fabio no estaba.
Desde que Vanesa fue al baño, él había puesto una excusa para alejarse.
Giselle lo había seguido.
Al ver la puerta rota y la cara de Julián, Giselle entendió de inmediato lo que estaba ocurriendo allá adentro.

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