El color desapareció del rostro de Vanesa.
De inmediato pensó en el acta de divorcio que nunca les entregaron.
¿Acaso había pasado algo más de lo que no estaba enterada?
—Mientras no tengamos esa acta en las manos, no hay divorcio que valga —declaró Fabio con frialdad.
—¡Fabio! —le gritó Vanesa, perdiendo la paciencia—. ¡Ese día fuimos al Registro Civil y completamos todos los trámites! El único problema fue que la pasante perdió los papeles. ¡Pero legalmente ya no estamos juntos!
Fabio la miró en silencio, impasible.
Vanesa creía que esa era la verdad.
Lo que no sabía era que, gracias a las jugadas sucias de él moviendo hilos por debajo de la mesa, el Registro Civil había anulado todo el proceso y tenían que empezar de cero.
Básicamente, ella y Fabio seguían casados.
Vanesa seguía siendo la señora Serrano.
¿Con qué derecho Julián se atrevía a ponerle una mano encima?
Fabio sentía que la sangre le hervía. Sabía mejor que nadie que la única razón por la que había dejado ir a Vanesa en el hospital fue porque la vio al borde del colapso total. No quiso arriesgarse a que hiciera una locura.
Pero ahora que ella parecía estar recuperándose, su obsesión enfermiza había regresado con más fuerza. No estaba dispuesto a dejarla ir.
—Sin acta de divorcio, seguimos casados. Punto —sentenció Fabio.
Al escuchar eso, Vanesa no lo pensó dos veces y le cruzó la cara de una cachetada.
El sonido del golpe resonó con fuerza en el pequeño y silencioso cubículo.
Vanesa respiraba con dificultad; había puesto toda su rabia en ese impacto.
En la mejilla de Fabio quedaron marcados claramente sus cinco dedos.
Él la miró con una expresión sombría.
Vanesa lo empujó e intentó abrir la puerta para huir.
Pero Fabio fue más rápido y la agarró violentamente, estampándola contra la tapa del inodoro.
Antes de que ella pudiera emitir un sonido, los labios de él aplastaron los suyos, ahogando cualquier queja.
El rechazo de Vanesa era absoluto.
Pero mientras más se resistía, más salvaje y dominante se volvía él.
No podía creer lo que estaba pasando. En su desesperación, mordió los labios de Fabio con fuerza.
Él sintió el dolor y el inconfundible sabor metálico de la sangre en su boca, pero le dio igual.
Sus manos sostuvieron la cabeza de Vanesa con firmeza, profundizando el beso de forma castigadora.
En la mente de Fabio solo aparecía esa estúpida marca en el cuello de Vanesa.

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