Vanesa asintió lentamente.
—Está bien.
El doctor entró poco después para hacer una última revisión.
Vanesa cooperó en todo momento, mostrándose serena, como si nada hubiera pasado.
Pero era precisamente esa normalidad lo que asustaba a todos.
Era como si se hubiera desconectado de la realidad.
Julián no dejó de fruncir el ceño un solo instante.
Al recibir el alta, Julián la subió al coche y condujo de regreso al departamento.
Durante todo el trayecto, el silencio fue ensordecedor. Varias veces él intentó romper el hielo, mirándola de reojo, pero las palabras se le atoraban en la garganta.
No fue sino hasta que estacionó frente al edificio que Vanesa giró la cabeza y rompió el silencio.
—Mañana no podremos ir al Registro Civil —dijo, con una voz tan plana que helaba la sangre.
Julián la miró a los ojos y notó que estaban completamente vacíos.
No había dolor, ni rabia, ni tristeza. Nada.
—¿Te amenazó Fabio? —preguntó él, apretando el volante.
Quería preguntarle mil cosas más sobre lo que le había hecho, pero no se atrevía por miedo a desencadenar una crisis.
Vanesa le sostuvo la mirada sin titubear.
—Él y yo no estamos divorciados. Legalmente, sigo siendo su esposa.
Julián frunció el ceño, confundido.
—¿Cómo es eso posible? Si ustedes mismos fueron a firmar todo...
—No lo sé —suspiró Vanesa.
Realmente no entendía en qué parte del papeleo Fabio había metido mano para bloquearlo.
Pero de algo estaba segura.
Si Fabio no quería que el acta de divorcio se procesara, entonces seguirían casados.
Lo que no entendía era por qué demonios lo hacía.
De repente, dejó escapar una risa seca y amarga.
Era obvio. Fabio la odiaba tanto que su único propósito en la vida era hacerla sufrir.

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