El plan de Julián era simple, pero arriesgado.
Quería confesarle a Vanesa que Paz estaba viva.
Necesitaba que ella se retractara de su declaración.
Y sabía perfectamente que Fabio no usaría este incidente en su contra.
El policía miró a Julián y suspiró. —Entraré a preguntarle una vez más. Está detenida, pero sigue teniendo derechos. Si ella se niega, no podemos obligarla.
En realidad, los oficiales habían tratado con toda clase de criminales.
Sabían que el estado mental de Vanesa era muy frágil.
No querían presionarla demasiado por miedo a que intentara hacerse daño allí mismo.
Si algo le pasaba en la comisaría, rodarían cabezas.
—De acuerdo —asintió Julián.
La mirada de Fabio se clavó en él, pero guardó silencio.
El oficial regresó a la zona de celdas.
Vanesa estaba sentada en la pequeña silla metálica, con la mirada perdida en el vacío.
—No quiero ver a nadie. A nadie —murmuró con voz monótona antes de que el policía pudiera hablar.
El oficial ya estaba cansado de repetir lo mismo.
Fabio quería verla.
Vanesa lo había rechazado decenas de veces.
Lo mismo con Julián.
Ya no quería ver a ninguno de los dos.
Vanesa no era tonta, notaba que el trato de la policía ahora era muy diferente al de la última vez.
Incluso cuando intentaba confesar, los oficiales cambiaban de tema o pausaban la grabación.
Le estaban dando innumerables oportunidades para echarse atrás.
Pero ella se mantenía firme.
Así que ahora, al ver al policía frente a ella, Vanesa se aferró a su misma respuesta robótica.
El policía, sintiéndose acorralado, le transmitió el mensaje de Julián palabra por palabra.
—El señor Jiménez dice que tiene algo de suma importancia que decirle.
Vanesa no mostró la más mínima emoción en el rostro. —No quiero ver a nadie.

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