Fabio se dejó caer en el sofá sin pronunciar palabra.
Vanesa tomó su abrigo y lo colgó antes de insistir: —Fabio, vi las noticias. Acompañaste a la señorita Rivas al hospital. ¿Está embarazada, verdad?
—Vanesa, Giselle es una figura pública. Deja de repetir chismes sin fundamento, la perjudicas a ella y a la empresa —le espetó él, lanzándole una mirada cargada de fastidio.
—Solo quiero saber por qué tenías que ser tú quien la llevara —Vanesa no se achicó, pronunciando cada sílaba con firmeza—. Tiene asistentes, un representante y un equipo entero en la empresa a su disposición. Por donde lo mires, no había necesidad de que el presidente fuera personalmente.
Su lógica era implacable y sus palabras cristalinas.
Fabio frunció el ceño, definitivamente no esperaba que Vanesa se atreviera a enfrentarlo.
Se levantó y se plantó frente a ella, con una mirada que daba terror.
—Ayer estuvo grabando hasta tarde y se desmayó por agotamiento. Como presidente del Grupo Salazar, era mi deber moral y profesional estar ahí.
Vanesa frunció el ceño a su vez. Antes de que pudiera articular palabra, Fabio le agarró la barbilla con fuerza.
—Cuando llegué, estaba sufriendo una hemorragia. ¿Acaso el instinto humano no es ayudar a alguien en peligro? —su voz se tornó aún más gélida—. Vanesa, me decepcionas profundamente.
Tras lanzar esa frase venenosa, soltó un bufido de desprecio.
La soltó bruscamente.
Vanesa trastabilló, perdiendo el equilibrio, mientras un torbellino de emociones cruzaba por sus ojos.
Se quedó mirándolo en completo silencio.
En el pasado, si Fabio se enojaba, ella le habría pedido perdón de rodillas.
Pero ahora, las palabras de su marido solo le generaban desconfianza.
Llevaban siete años casados y, durante siete años, Vanesa había tenido que aguantar los chismes entre él y Giselle.
Siempre cerraba los ojos, engañándose a sí misma con el cuento de que era simple publicidad.
Hoy, las excusas ya no le servían.
Y menos después de haber encontrado esa prueba de embarazo. El sexto sentido femenino la tenía al borde del abismo.
—¿Ahora qué mosca te picó? —inquirió Fabio, notando que Vanesa actuaba extraño.
Estaba demasiado calmada.
Sus ojos, antes llenos de vida, ahora parecían un pozo sin fondo, carentes de cualquier emoción.


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