Julián se había quedado atrapado en una conversación de negocios y no podía zafarse de inmediato.
Por su parte, Giselle estaba ocupada tratando de ganarse a los productores de *Anhelo*, así que tampoco estaba prestando atención a lo que ocurría en el lado de Vanesa.
Para Giselle, con tantas miradas puestas en ellos, era imposible que algo ocurriera a plena vista.
Pero desde lejos, la mirada de Julián se ensombreció, aunque supo esconder su irritación a la perfección.
Don Armando, que no perdía detalle, soltó un bufido despectivo. No estaba claro si se burlaba de la actitud de su nieto o de la situación en general. Julián prefirió ignorarlo.
En ese momento, la orquesta comenzó a tocar una pieza de baile.
Fabio miró a Vanesa y extendió su mano con elegancia.
—¿Me concedería el honor de este baile, Directora Arias?
Lo hizo de manera abierta, frente a todos. Como todo el mundo sabía que el Grupo Serrano e IGM tenían un proyecto en común, que bailaran juntos era visto como un simple acto de cortesía empresarial. No había motivos para escandalizarse.
Vanesa, por supuesto, no iba a armar un desplante en un evento de esa magnitud.
—Será un placer —respondió con una sonrisa impecable.
Fabio tomó su mano con firmeza y, con un giro fluido, la condujo hacia la pista de baile.
Los asistentes los miraron con cierta curiosidad. Cuando Giselle se dio cuenta, su rostro palideció, pero en un evento tan prestigioso no podía darse el lujo de hacer una escena.
Mientras bailaban, Vanesa pasó muy cerca de Giselle. Le dirigió una mirada cargada de superioridad y burla, dejando claro quién tenía el control de la situación.
Giselle se sintió acorralada. El pánico que se había estado gestando en su pecho comenzó a crecer, amenazando con asfixiarla.
—Tu mujer te está mirando —comentó Vanesa de pronto, dirigiéndose a Fabio.
Él soltó un murmullo afirmativo, sin darle importancia.
Ambos se movían al compás de la música. Vanesa se mantenía tranquila y seguía los pasos a la perfección.
—Por lo visto, el Señor Jiménez no la valora tanto como parece —murmuró él, con voz baja y afilada.
Vanesa no cayó en la provocación. No tenía por qué justificar su relación con Julián ante este hombre. Todo lo que estaba haciendo era parte de su venganza. Solo estaba tendiéndole una trampa.
Tras otro giro elegante, Vanesa sintió una mano conocida.
Julián apareció de la nada y la atrajo hacia su pecho con un movimiento posesivo pero natural.
Su mirada hacia Fabio era glacial.
—Fabio Serrano, te estás sobrepasando —le advirtió Julián, sin una pizca de cortesía.
Vanesa no dijo nada y simplemente se ajustó al ritmo de su esposo, continuando el baile con él.
El sutil intercambio de parejas no pasó desapercibido, pero a nadie le sorprendió. Todos en Monterrey conocían el carácter dominante de Julián. Con ese gesto, dejó más que claro frente a todos lo mucho que Vanesa significaba para él.

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