En el salón del hotel.
—¿Te hizo algo? —preguntó Julián en voz baja, sin soltarla.
Vanesa negó con la cabeza.
—No. No sospecha de mi identidad. Supongo que como sabía que eres mi esposo, quiso ponerme a prueba con un par de preguntas.
—¿Y qué te preguntó? —insistió él.
Estaban tan cerca que sus voces eran un susurro íntimo entre los dos.
—Por Vanesa —respondió ella, refiriéndose a su verdadero yo.
Julián lo entendió al instante y soltó una risa seca y sarcástica.
Vanesa no añadió nada más.
Por otro lado, al quedarse sin pareja de baile, Fabio permaneció de pie a un lado de la pista, en silencio. Había un brillo de escrutinio en sus ojos, oculto tras su habitual máscara de indiferencia.
Giselle, aprovechando la oportunidad, corrió a su lado.
—¿Fabio? —lo llamó con voz melosa y cautelosa—. ¿Bailamos un rato?
—No hace falta —la rechazó él, con un tono gélido.
—¿Pero por qué? Somos pareja, es lo más normal del mundo, ¿no? —insistió Giselle, desesperada por mantener las apariencias.
Fabio ni siquiera le contestó. Simplemente volvió a meter una mano en el bolsillo del pantalón, ignorándola.
La actitud distante de Fabio solo aumentó la frustración de Giselle. Ella se presentaba ante todos como la futura señora Serrano, y él la estaba dejando en ridículo al negarse a colaborar. Que no quisiera bailar con ella frente a tantas miradas era una humillación que le costaba tragarse.
—Fabio, ¿puedes bailar con ella, pero no conmigo? —preguntó Giselle, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
Al escuchar el nombre de Vanesa, la mirada de Fabio se clavó en ella.
—Ella no es tu Vanesa, solo comparten el nombre. Está casada, es la esposa de Julián Jiménez —le recordó Giselle, intentando hacerlo reaccionar.
—Giselle, te estás metiendo donde no te llaman —le advirtió él, con una mirada cargada de peligro.
Giselle se quedó helada. Llevaba suficiente tiempo a su lado como para leer sus cambios de humor, y sabía perfectamente que Fabio estaba furioso.
Aterrada de haber cruzado la línea, agachó la cabeza de inmediato.
—Perdóname, no fue mi intención —se disculpó, temblorosa.

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