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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 548

Antes, Julián jamás se había metido en los negocios que ella tuviera con el Grupo Serrano. Pero dadas las circunstancias y la tensión del momento, Vanesa sintió que era indispensable aclararlo.

—Te envió ese mensaje solo para provocarte. Lo hizo para que tú lo vieras —añadió ella, con la mente fría y analítica.

Julián solo emitió un leve gruñido en señal de haberla escuchado, sin decir una palabra más.

Con las manos aferradas al volante, su silencio resultaba ensordecedor.

El semáforo cambió, el motor rugió y el vehículo se deslizó suavemente hacia la salida del subterráneo.

Mientras tanto, Fabio seguía de pie en el estacionamiento. No fue hasta que las luces traseras del auto de Julián desaparecieron por completo que subió a su propio vehículo con total parsimonia.

La relación que Julián y Vanesa habían forjado años atrás siempre fue una espina clavada en el orgullo de Fabio. En su mente, si Julián no hubiera metido las narices, Vanesa y él no habrían terminado en aquella tragedia sin retorno. Fue la aparición de Julián lo que le dio a ella el coraje y la esperanza para rebelarse.

Durante estos cinco largos años, ambos hombres habían mantenido la fachada de no tener ningún tipo de contacto. Mucho menos alianzas o tratos comerciales.

Sin embargo, la guerra fría entre ellos jamás se había detenido.

Eran detalles que Julián nunca le mencionó a Vanesa. Él se encargó de ocultar su identidad ante la prensa, silenciando cada foto e intento de reportaje. Y no lo hacía por vergüenza pública, sino para evitar a toda costa que Fabio la encontrara.

Pero al final, a la única que Julián no pudo controlar fue a la propia Vanesa.

Y ahora, la compleja relación que mantenía con ella solo lo hundía más en la frustración.

Eran marido y mujer. Ante la ley y ante el mundo.

Pero en la intimidad, no compartían nada.

Desde el principio, Vanesa mostró un profundo rechazo al contacto físico. Un rechazo hacia los hombres en general. Y eso, por desgracia, lo incluía a él.

Ella nunca lo verbalizó, pero Julián lo sabía perfectamente.

Lo descubrió casi por accidente. Siempre que tenían que visitar la mansión de los Jiménez y estaban obligados a dormir en la misma habitación para mantener las apariencias, Vanesa tomaba ansiolíticos. Solo así lograba tolerar la ansiedad que le provocaba compartir un espacio cerrado sin entrar en pánico por un roce accidental.

Lo notó poco después de casarse. Vanesa nunca se resistió ni le armó un escándalo, pero Julián sentía cómo su cuerpo se ponía rígido como una tabla ante el menor acercamiento.

Por respeto a su dolor, Julián jamás cruzó la línea.

Nunca le reprochó nada, nunca sacó el tema a relucir, y así, en una danza de sobreentendidos, dejaron pasar los años.

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