Julián siempre había tenido una lengua venenosa, y más aún cuando se trataba de enfrentar a Fabio Serrano.
Como era de esperarse, esa sola frase bastó para que el rostro de Fabio se descompusiera por completo.
—Y te advierto una cosa. Estamos en Monterrey, no en Jalapa. No vengas a buscar problemas aquí, ¿entiendes? No soy una persona paciente —se burló Julián, sin molestarse en ocultar su desprecio.
La mirada de Fabio se volvió aún más amenazante.
Desde el interior del auto, Vanesa observaba todo. La insonorización era tan buena que no lograba escuchar ni una sola palabra, pero la tensión en el aire era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Era imposible no sentir un nudo en el estómago. Temía que las cosas se salieran de control. Cuando Julián perdía los estribos, nadie era capaz de detenerlo, ni siquiera ahora.
Instintivamente, puso la mano en la manija de la puerta para salir.
Pero antes de poder abrirla, escuchó el *clic* de los seguros. Julián la había bloqueado desde afuera.
Lo peor era que él ni siquiera se había volteado; parecía tener un sexto sentido para predecir todos y cada uno de los movimientos de Vanesa.
Fabio, con la mirada oscurecida, notó el gesto. De pronto, todo el asunto de IGM cobró un nuevo sentido en su mente.
—¿Así que esta Vanesa es solo tu marioneta? —le preguntó Fabio de repente—. ¿Como sabías que no iba a hacer negocios con Grupo Shengxin porque Dante Salazar está involucrado ahí, usaste a IGM para tenderme una trampa?
—Te crees demasiado importante —soltó Julián con una risa sarcástica.
Fabio no movió ni un músculo.
—Lo que decida hacer mi esposa con su empresa es asunto suyo. Yo no interfiero en sus decisiones —declaró Julián, lavándose las manos de manera impecable—. Fabio, deja de joder y no te acerques a ella. ¿Quedó claro?
Al usar el término "ella", se refería a la actual Vanesa. O al menos, eso fue lo que Fabio dedujo.
Entre líneas, Fabio empezó a sospechar que había algo mucho más turbio de fondo, aunque la sola idea le parecía una locura.
—No me importa cuánto se parezca a la Vanesa que conociste, hoy es la esposa de Julián Jiménez. Cómo decida negociar contigo, es problema suyo. Pero si intentas acercarte a ella por ese estúpido parecido, te juro que no lo dejaré pasar —advirtió Julián, pronunciando cada palabra con una letalidad absoluta.
Fabio lo fulminó con la mirada, pero no respondió.
Sabiendo que no tenía sentido seguir perdiendo el tiempo, Julián dio media vuelta para irse.
Justo cuando salieron del hotel y tomaron la avenida principal, el teléfono de Vanesa vibró.
Era un mensaje de WhatsApp.
Y era de Fabio.
El auto se detuvo en un semáforo en rojo. Tanto Vanesa como Julián vieron la pantalla al mismo tiempo.
Fabio: *"En tres días. Nos vemos en Hermosillo."*
El mensaje era corto y directo, sin insinuaciones románticas. Pero el simple hecho de que llegara en ese preciso instante parecía una provocación descarada hacia Julián.
La mirada de Julián se ensombreció.
Esta vez, antes de que él pudiera decir algo, Vanesa se apresuró a explicar la situación.
—Cambié algunas condiciones del contrato que teníamos, así que tuvimos que llegar a un punto medio. IGM es solo una herramienta para mí, pero necesito que Fabio se mantenga en el juego. Por eso, durante estos tres años, las firmas oficiales de contratos siempre han sido fuera de Jalapa —aclaró con calma.

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