Después del anuncio, cada actor recibió su libreto.
Sin embargo, solo les entregaron las escenas de sus respectivos personajes, no el guion completo.
El resto de la historia solo se les revelaría a medida que avanzaran con el rodaje.
Esa había sido una instrucción estricta de Vanesa.
Al salir del lugar, Vanesa ya sentía que la cabeza le daba vueltas.
Había demasiada gente y enfrentarse a Giselle había sido agotador.
De hecho, había tenido que hacer un esfuerzo monumental para contenerse y no estallar.
—Directora Arias, ¿aún asistirá al banquete de esta noche? —le preguntó su asistente, al verla tan exhausta—. ¿Quiere que llame al señor Jiménez para que venga?
Esa noche, Vanesa tenía un compromiso de negocios en Bahía Perla.
Desde que su identidad se había hecho pública de la mano de Julián, las invitaciones a este tipo de eventos se habían multiplicado.
Y a muchos de ellos, simplemente no podía faltar.
—No es necesario, solo iré a dar la cara y me iré —respondió ella.
No quería molestar a Julián, ya le había causado suficientes dolores de cabeza.
Además, él estaba cuidando de Paz, y si la dejaba sola para ir al evento, Vanesa no estaría tranquila.
La asistente asintió.
—Entendido.
Le indicó al chofer que las llevara a un salón de belleza para arreglarse.
Luego, se dirigieron directamente al lugar del evento.
Durante el trayecto, Vanesa se tomó un analgésico para calmar el dolor de cabeza.
Al guardar la pastilla, se fijó en un frasco que siempre llevaba en el bolso.
Eran sedantes para controlar sus ataques de ansiedad.
Ese tipo de fiestas estaba repleto de gente y compromisos sociales.
A Vanesa nunca le habían gustado esas cosas, y temía que si se quedaba mucho tiempo, sus nervios terminarían por traicionarla.
Tenía miedo de sufrir una crisis ahí mismo.
Al final, decidió tomarse una de las pastillas para mantener la calma.
Una dosis controlada, por supuesto.
El auto avanzó con suavidad hasta detenerse frente a un lujoso hotel.
En el camino, Julián la llamó para ver cómo estaba.

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