¿Diría acaso su nombre?
Justo cuando Fabio estaba inmerso en esa duda, Vanesa soltó una carcajada traviesa.
—Qué molesto eres... —le reprochó de nuevo, con ese tono caprichoso de quien no tiene idea de lo que hace.
No respondió a su pregunta.
Pero al segundo siguiente, lo agarró por la camisa y lo jaló hacia abajo.
Fabio perdió el equilibrio y cayó de lleno sobre la inmensa cama.
Y arrastró a Vanesa con él.
Entre empujones y caricias torpes, el vestido de Vanesa terminó en el suelo.
Al ser un vestido de noche, resultó mucho más fácil de quitar que cualquier ropa de diario.
Su piel de porcelana quedó al descubierto bajo la luz tenue.
Emanando una tentación irresistible.
Eso, sumado a que las manos de Vanesa no se quedaban quietas.
Fue la gota que derramó el vaso.
—Vanesa, tú te lo buscaste —le advirtió Fabio, marcando cada sílaba.
Ella no le contestó.
Se dejaba llevar puramente por el instinto.
Sobre las sábanas, los cuerpos se entrelazaron en una lucha en la que ninguno estaba dispuesto a ceder.
Fabio, lleno de deseo reprimido, estalló por completo en medio de aquel enredo pasional.
De pronto, afuera, comenzó a caer una incesante lluvia de otoño sobre Bahía Perla.
Las gotas golpeaban con furia los ventanales de cristal.
Resbalando en riachuelos transparentes.
Los rosales del jardín parecían cobrar nueva vida bajo aquel aguacero salvaje.
En el interior, las siluetas enredadas se reflejaban contra el ventanal.
Unas manos firmes apresando una cintura esbelta.
En un vaivén interminable.
La temperatura en la suite seguía en aumento.
Poco a poco, su piel radiante comenzó a teñirse de un tono carmesí.
Los gemidos entrecortados se mezclaban con las respiraciones pesadas.
Vanesa estaba cubierta de sudor, y Fabio no se quedaba atrás.
—¡Vanesa! —Con ese último rugido de Fabio, todo llegó a su clímax.
En la habitación solo quedó el eco de sus respiraciones agitadas.
La ropa esparcida por el suelo, las sábanas hechas un desastre.

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