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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 569

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Pero mantuvo una expresión profesional mientras habría la puerta de la suite.

—Que nadie me moleste. Y averigua la lista de invitados del banquete de esta noche —ordenó Fabio con voz sombría.

—Enseguida, señor —respondió Carlos.

Pero justo cuando Fabio entró a la habitación, Carlos logró verla.

La mujer en los brazos de Fabio era Vanesa.

El rostro de Carlos palideció al instante.

No le importaba Giselle en lo absoluto, lo que le aterraba era pensar en la reacción de Julián Jiménez.

Sin importar lo que Julián sintiera por ella, al final del día era su esposa.

Si algo pasaba entre Fabio y ella, Julián tendría el pretexto perfecto para declararle la guerra total al Grupo Serrano.

La idea lo llenó de pánico.

Pero la puerta de la suite ya se había cerrado de golpe en sus narices.

Adentro de la habitación.

Vanesa se aferró a Fabio, sintiendo que aquella fiebre ardiente se aliviaba un poco con su contacto.

La droga era demasiado fuerte.

Tan fuerte que Vanesa ya estaba perdiendo el hilo de la realidad.

Solo sentía una necesidad imperiosa de encontrar alivio.

Eso la impulsó a buscar desesperadamente el calor de la persona que tenía más cerca.

Como si, al pegarse a su piel, pudiera calmar el fuego que la estaba consumiendo viva.

—Mmm... —gimió, incapaz de contenerse.

Un sonido suave y quejumbroso.

La mirada de Fabio se oscureció profundamente al verla así.

No sabía si eran esos ojos que lo miraban suplicantes.

O la vulnerabilidad en la que se encontraba en ese momento.

Pero era exactamente la misma mujer que, en sus recuerdos, siempre intentaba complacerlo.

En un instante, todos esos sentimientos reprimidos que Fabio guardaba en el rincón más oscuro de su corazón estallaron, dejándolo casi sin aliento.

Sabía perfectamente que ella era la esposa de Julián.

Sabía que no debían cruzar esa línea.

Pero no podía contenerse.

—¡Me siento tan mal! —murmuró Vanesa con una voz melosa y ligeramente ronca, completamente dominada por la fiebre.

Ya no quedaba nada de racionalidad en ella.

Su cuerpo había tomado el control absoluto.

Se apretó aún más contra él, levantando el rostro buscando sus labios.

—¿Acaso no eres capaz? —le provocó ella, medio delirando.

Aun en medio de esa nebulosa, Vanesa sentía que algo no encajaba.

Tenía el ceño fruncido.

Pero sus pequeños destellos de lucidez no eran rival para el frenesí de la droga.

Al final, su cordura colapsó por completo.

Fabio era un hombre.

Un hombre con deseos.

Y ante una provocación tan directa de cualquier mujer, no podría quedarse de brazos cruzados.

Mucho menos si se trataba de Vanesa, que de por sí ya lo tenía al borde del abismo.

—Vanesa, ¿sabes quién soy? —le preguntó Fabio en voz baja, intentando mantener la poca razón que le quedaba.

Ante la pregunta, Vanesa apartó la mirada y fijó sus ojos en él.

Tenía la vista nublada, analizándolo.

Como si intentara recordar algo.

—Tú eres... —murmuró, como si de verdad estuviera haciendo el esfuerzo de pensar.

Al verla dudar de esa manera, el ceño de Fabio se frunció y su cuerpo se puso más rígido que una tabla.

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