Con cada palabra, el rostro de Fabio se volvía más aterrador.
Perfecto. Vanesa se había atrevido a engañarlo.
Llevaba a su hijo en el vientre y tuvo el descaro de decirle que lo había perdido.
Con esa actitud, Fabio estaba seguro de que Vanesa nunca tuvo la intención de hacerle saber sobre la existencia del bebé.
¡¿Qué diablos pretendía Vanesa?!
Ciego de ira, Fabio colgó el teléfono.
Sin pensarlo dos veces, condujo a toda velocidad hacia el departamento de Vanesa.
¡Iba a exigirle una explicación! ¡¿Cómo se atrevía a hacer algo así?!
Un trayecto de treinta minutos le tomó menos de la mitad del tiempo.
El chirrido ensordecedor de los neumáticos resonó en la calle cuando el imponente Maybach negro se detuvo frente al viejo edificio de departamentos, llamando la atención de todos.
Fabio bajó del auto y se dirigió a la entrada.
Cuando Vanesa escuchó el timbre, pensó que era la comida que había pedido.
Pero al mirar por la mirilla y ver el rostro de Fabio, palideció.
No tenía la más mínima intención de abrir.
—Vanesa, abre la puerta. No me obligues a usar la fuerza —advirtió Fabio, marcando cada sílaba.
El corazón de Vanesa latía desbocado. No sabía qué había salido mal.
Pero su instinto le gritaba que no debía abrirle.
Apoyó la espalda contra la puerta, sudando frío.
—Vanesa, tengo muchas formas de lidiar contigo. Te sugiero que lo pienses bien —la furia de Fabio iba en aumento.
—No tenemos nada de qué hablar —respondió Vanesa con terquedad.
De pronto, todo quedó en silencio afuera.
Parecía que Fabio se había marchado.
Vanesa soltó un suspiro de alivio.
Pensó que, a fin de cuentas, ella ya no significaba nada para él.
Un hombre tan orgulloso no seguiría humillándose para buscarla tras tantos rechazos.
Era lógico que se hubiera ido.
Si se divorciaban pronto, ambos serían libres.
Al fin y al cabo, cuando dos personas que no se aman siguen atadas, solo terminan destruyéndose mutuamente.

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