El tono agresivo y despiadado hizo que Vanesa lo mirara estupefacta.
—Fabio, ¿en tus ojos todo lo que hago tiene un motivo oculto? —Vanesa fue recuperando la calma.
Fabio no respondió, pero su silencio fue una clara confirmación.
—¿Con qué te iba a amenazar usando al bebé? ¿Con que me dieras el lugar de la señora Serrano? ¡No soy tan poca cosa! —declaró Vanesa, marcando cada palabra.
No es que no sintiera rabia ni dolor.
Pero, por el bien de su embarazo, recordaba cada advertencia del médico.
Por eso, se negaba a dejarse llevar por la ira.
Creía que ya estaba acostumbrada y entumecida.
Fabio siempre la juzgaba y la condenaba de antemano, pero cada vez que esas palabras salían de su boca, a Vanesa le seguía doliendo profundamente.
No sabía cuántas veces más este hombre iba a pisotear sus sentimientos.
—¿Sin motivos ocultos y decides ocultarlo? Vanesa, ¿de verdad me crees tan estúpido? —rio Fabio con desdén, dejando claro que no le creía ni una palabra.
Las acusaciones cayeron sobre ella como una avalancha, dejándola sin aire.
—Desde que Giselle se embarazó, no has dejado de maquinar cosas. Si no es para provocar a Giselle, es para hacer un drama frente a mí. ¿Tu objetivo no es acaso retenerme? Incluso usas el divorcio como amenaza. ¿Y todavía tienes el descaro de decir que eres inocente? —la furia de Fabio estalló sin reservas.
Cada una de sus palabras era como un puñal que le desgarraba el corazón de la forma más cruel.
—Y ahora que estás embarazada me lo ocultas, ¿acaso no es para dar a luz y luego exigirme más beneficios? —Fabio soltó una carcajada cargada de sarcasmo—. Vanesa, de verdad me das asco.


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